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Morbo gana reflectores e invisibiliza a las víctimas

Morbo gana reflectores e invisibiliza a las víctimas

Columnas domingo 21 de abril de 2024 - 22:31

Cada semana una nueva historia nos perturba por la crudeza de los hechos. El feminicidio de María José en Iztacalco, Ciudad de México, nos ha dejado impactados por lo atroz que son los detalles del crimen en sí mismo; incluso, lo que resuena con mayor fuerza es la pregunta angustiante que se repite una y otra vez en nuestras mentes: ¿cuánto tiempo estuvo este individuo caminando entre nosotros, sembrando el terror y la muerte en completa impunidad?

Miguel, el presunto feminicida serial, ha destapado una red de horror que se extiende más allá de la tragedia individual de María José. Se habla de 20 mujeres, al menos, quienes fueron privadas de su libertad, violadas y asesinadas a manos de este sujeto.

La historia se repite una y otra vez. Y, mientras nos enfrentamos al escalofriante recuento de sus crímenes, surge un tema más inquietante, nos encontramos ante el espectáculo morboso, donde el horror se convierte en entretenimiento y el dolor de las víctimas se trivializa en titulares sensacionalistas.

Hasta ahora se le han otorgado distintos apodos a este sujeto como si fuera un personaje salido de una leyenda urbana. Se magnifican los detalles más sórdidos de sus acciones y se especula sobre su personalidad.

Ya hemos presenciado este macabro espectáculo en el pasado. Óscar, Jorge Antonio, Andrés... los monstruos de Toluca, Ecatepec y Atizapán... donde existe una tendencia perturbadora a convertir a los criminales en el centro de atención. Este fenómeno, peligrosísimo por donde se le mire, deja un rastro de desinformación y deja a un lado al verdadero problema: el delito. Un claro ejemplo lo encontramos en las llamadas ‘narco series’, donde personajes violentos son elevados a la categoría de ídolos, glorificando sus acciones, lo cual sólo contribuye a perpetuar una sociedad que deshumaniza a las víctimas y glorifica a los perpetradores.

Y, lamentablemente, hasta siendo asesinadas, las víctimas siguen lejos de ser el centro de la justicia, se quedan lejos de ser el centro de la noticia y lejos de ser beneficiarias de la política pública, al quedar reducidas a meros nombres en una larga lista.

Un ejemplo desgarrador de esta realidad lo representa Cassandra –la madre de María José–, quien lucha por su vida en el hospital, enfrentando no solo el trauma de la pérdida de su hija, sino también la indiferencia de una sociedad y un sistema que no le ofrecen el apoyo que necesita. Hasta ahora nadie ha planteado cómo ayudar a una madre que ha perdido a su hija.

Sin embargo, todos hablan de quién era Miguel, a qué se dedicaba, cuántos idiomas hablaba, a dónde viajó, si era vegano, si apoyaba el movimiento animalista, incluso se sabe que le gustaba el teatro y se han filtrado textos que tenía en sus libretas y posteaba en sus redes sociales.

Pero de María José, ¿qué sabemos?, ¿alguien ha dicho qué sueños, ilusiones y propósitos tenía esa joven de 17 años, casi a punto de cumplir su mayoría de edad?

Pocos la describen como esa estudiante de sexto semestre de preparatoria. Cursaba el turno vespertino en el Colegio de Bachilleres Plantel 3 Iztacalco y se preparaba para el examen de admisión para poder ingresar a la universidad y estudiar Relaciones Comerciales. Familiares y amigos señalan que era una joven linda, educada y sencilla.

De las demás víctimas muy poco se sabe. Viviana Elizabeth, desaparecida en 2018 y se dice que era compañera de trabajo del presunto feminicida, o de Frida Sofía, de quien no se sabe su paradero desde 2015 y supuestamente era novia del agresor.

Ante esta situación, es momento de cambiar esta narrativa, de poner fin a la glorificación de la violencia y de centrarnos en las verdaderas víctimas, que merecen justicia, compasión y apoyo.

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/CR

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