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Linguística nacional

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Columnas miércoles 24 de febrero de 2021 - 22:57

El miércoles de la semana pasada iba caminando por la 16 de septiembre, mirando las banquetas eclécticas de nuestra capital y concentrado en la letra de una canción de Juan Gabriel que escuché salir de un zaguán a mi paso, la cual me hizo improvisar un análisis profundo de su proceso de composición lírica.
Estaba absorto: pude haber escrito una tesis al respecto ahí mismo.

Deduje, al cruzar la 3 poniente, que la forma en la que Juan Ga resolvía sus letras es muy parecida al modo en la que hablamos todos los mexicanos cuando tenemos que soltar una respuesta rápida a una situación emergente. ¿Ejemplo?, cuando de pronto alguien se nos acerca a pedir limosna y contestamos con un “no, gracias”, o cuando sentimos aquel impulso irrebatible de corregirnos a nosotros mismos cuando decimos “buenos días” y ya pasan de las doce: “tardes ya”.

Y justo cuando estaba terminando de escribir esa tesis mental que bien pudo haber llevado por título “La lírica del divo de Juárez y su proceso creativo como epítome de la lingüística nacional”, un señor de la tercera edad que parecía haber salido por accidente de un portal del tiempo esa misma mañana, o de una película de Tin Tan, se acercó a ofrecerme algo en voz baja y que no entendí ni de milagro, pues en estos días, los que somos un poco sordos, sufrimos todavía más por no leer los labios de la gente gracias al cubrebocas.

Cuando le expresé mi vergüenza por no haber escuchado e incliné mi cabeza para atender mejor lo que me estaría por repetir, (otra vez, como las letras de Juan Ga, muy propio yo), sólo se limitó a sacar de su solapa una bolsita de plástico con cierre, muy pequeña y que contenía un misteriosísimo polvo negro.

Primero pensé que se trataba de una clase de veneno que alguna secta secreta se había agenciado para repartir en las grandes capitales del mundo, y del cual yo no había sido advertido, todo por hacer caso nulo al grupo de WhatsApp familiar en el que mis tías avisan de este tipo de engaños.

Luego imaginé que tal vez se trataba de una nueva droga, negra, peligrosísima y que los traficantes ya se habían diversificado, llegando al punto de reclutar a extras tipo Cine de Oro.

También pensé que estaba siendo víctima de alguna especie de broma callejera, auspiciada por algún youtuber local sin mucho que hacer.

Como yo no sabía que era miércoles de ceniza porque yo soy de los que se sigue sintiendo todavía en mayo del 2020, jamás me pasó por la cabeza que, lo que el señor me estaba regalando, era ceniza de miércoles, y que lo que susurró fue: “arrepiéntase de sus pecados”.

Y claro, que después de entenderlo todo, le dije al anciano, “Gracias, joven”, igual que como Juan Ga lo hubiera escrito en alguna de sus canciones.
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***
PS
Mi perro está harto de mi.

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/CR

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