Cuando tenía 9 años, quería un Nintendo. Mis papás dijeron que no. Fin. No hubo discusión ni drama. Solo un “no”. Pero yo, que nací en 1977 y tenía más terquedad que juguetes, decidí hacer algo inusual para mi edad: trabajar. Vendí chocolates americanos a los vecinos —Snickers, Milky Way, Mambas, Whatchamacalli— los que no se conseguían aún en México. Y cuando por fin junté lo suficiente y lo compré, no solo tuve un Nintendo, tuve algo más valioso: la certeza de que yo podía generar lo que necesitaba.
Desde entonces entendí que el dinero no era malo. Ni sucio. Ni peligroso. Era simplemente eso: energía en movimiento, una herramienta.
Pero, desgraciadamente, también un gran tabú.
Crecí en una casa donde jamás supe cuánto ganaba mi papá. No se preguntaba, no se hablaba, no se tocaba. Hablar de dinero era de mal gusto. De ambiciosos. De “esa gente superficial”. Y, sin darnos cuenta, fuimos heredando silencios. Silencios que se convirtieron en vergüenzas, culpas, limitaciones.
Hoy, años después, sé que no hablar de dinero nos ha salido carísimo.
Porque el dinero no está solo en la cuenta del banco. Está en cómo te sientes al cobrar lo que mereces. En si te atreves a invertir en ti sin culpa. En si puedes hablar con tu pareja sin miedo a “quedar mal”. En cómo les enseñamos a nuestros hijos a ganarlo, cuidarlo y compartirlo.
Como mujeres, como mexicanas, como hijas de un sistema que nos enseñó que “el hombre es el proveedor” y “la mujer cuida”, hemos cargado muchas creencias que ya no nos sirven. Que nos frenan. Que nos dicen que aspirar a la abundancia es vanidad, y conformarse es virtud.
Pero yo creo otra cosa.
Creo que hablar de dinero es también un acto de amor. Hacia ti. Hacia tu historia. Hacia los tuyos.
Creo que generar dinero desde la pasión, desde el servicio, desde el bienestar, no solo es posible, es urgente.
Y creo que podemos romper la cadena del silencio si nos atrevemos a tener esas conversaciones incómodas que tanto nos debemos.
Así que hoy, más que dar respuestas, te dejo tres preguntas: ¿qué creencias heredaste sobre el dinero? ¿Cuál de ellas es la que más te pesa? ¿Con quién necesitas hablar sobre el tema YA? Aunque te incomode.
Porque el dinero no muerde. Pero lo que creemos de él… sí nos amarra.
Así que ya es hora de desamarrarnos, ¿o tú que crees?