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El Miedo, los Annunakis y El Amparo Chicharronero

El Miedo, los Annunakis y El Amparo Chicharronero

Columnas martes 27 de julio de 2021 - 18:26

¿Quién podrá estar tan preocupada o preocupado para buscar desesperadamente el auxilio de la justicia federal, a través de la presentación de un recurso conocido entre los corrillos de los abogados como un amparo chicharronero?

¿A qué o a quiénes le puede tener tanto miedo ella o él que el expediente fue radicado con el número 519/2021, en el Juzgado Quinto de Distrito?

¿Cuántos fantasmas tendrá en su clóset, junto a sus libros de los annunakis, para investigar desesperadamente si está en la mira de las autoridades?

Una cosa es segura en esta historia: Los únicos que duermen tranquilos son los abogados de la clienta o cliente que está en sus garras.



Perderse en la Ciudad (los Olores y los Guiños). La siguiente crónica forma parte del libro Huauchinango, la historia continúa…, mismo que ha empezado a circular.

Dicha crónica es sobre los olores de la ciudad.

Toda ciudad está hecho de sonidos y olores.

Huauchinango no es la excepción.

Pero esos sonidos y olores han cambiado con el tiempo.

Los que yo retrato son los de los años sesenta.

Walter Benjamin hablaba de perderse en la ciudad para hallar las texturas de la misma.

Digamos que ésta es mi ínfima contribución a ese concepto.

He vivido en dos momentos en Huauchinango: del año cero al año siete de mi vida y en años ochenta.

Y tengo una confesión que hacer: fui brutalmente feliz.

De vez en cuando recaigo en ese rito de volver a Huauchinango con la misma pasión de siempre.

He aquí la multicitada crónica:

En la década de 1960, el Portal Juárez olía a cocina. A manteca. A manos de Columba. A enchiladas. A salsa verde. A las telas de los Pablo, los Farjat, los Zegbe. Al café de Anita Sanén. A las carnitas y los cueritos de Los Cuinos. A los relojes viejos del señor Morales. A las patas y las prendas miserables de los marchantes que pernoctaban la noche antes del sábado. Día de plaza y de espíritus.

La subidita de la calle Cuauhtémoc, por la Academia Medina, olía a estudiantes jóvenes. A primeras reglas. A caricias fugaces en la tarde. Al olor a lápiz de los profesores. Al pan de huevo del panadero. A las maderas rudas del carpintero. Al perfume de Elvira Lima. A la jarciería del señor Lazcano.

La tienda de Silvita y don Cristóbal olía a tortas de jamón y a leche hervida. A paletas rellenas. La tienda de don Ezequiel, a café con leche y pan.

La calle de Corregidora olía a mamá Guillitos, a los zapatos baratos que vendía Lucha Picazo, al refino de los De la Madrid, a los perfumes de Amelia, a los moles de doña Angelita, a las tortillas de las hermanas Rodríguez, a las medicinas del doctor Cuervo, a los cortes del sastre Senén Escamilla, a los cerdos cochinos de Laureano, en el Mesón de los Guerrero. Al maíz del Checo y su abuelita, a los pulques de la cantina La Violeta, de donde todos los días salían El Querreque y una horda de borrachitos, fruto maduro para los topiles de la época. Olía al piano viejo de don Panchito Tonalapa. Olía a las hierbas de doña Paula y doña Eva, la fiel esposa del Charro, quien tronaba el empacho y chupaba la mollera como pocas. La calle de Corregidora olía a las canciones del profesor Melo, a Esperanza Meneses y sus jeringas, a las plantas y flores de doña Leonor Farjat, con sus canciones y su voz entrañable de soprano. Olía a las eternas señoritas Suárez. A Pepita y sus coloretes para las chapas, y sus ungüentos y pomadas de La Campana. Olía a los senos de Celeste y a los perros del Molos. Olía a la tienda del Pico y doña Mary. Olía al sexo de una trapecista de algún circo de pueblo que un día despertó siendo muchacha y se horrorizó de su propia menstruación. Olía a las sábanas de Estela y Margarita. Olía al huarachudo que mi prima Lori veía hasta en sueños. Olía a los perros, enormes, de los hijos de Rubén Rivera, El Pata. Olía al petróleo que vendía Lolita Trejo, abuelita de Óscar y de Olga Ramírez. Olía a los pinos de don Jorge Carranza y, más abajo, a puerco, a marrano, a cerdo, a cochino. Y a verduras tristes. A apio, a berenjena, a toronjil, a epazote, a fonda de mercado, a carne recalentada y ropa de difunto, y a grasa de chorizo. A la carne de don Valdemar, a la jarciería de doña Joaquina Lazcano y don Porfirio Navarro, a peluquería de paisaje, al pulque de los Amador y de don Pepe Calderón con su armónica y sus canciones de arriero, a la leche y a los quesos de La Vaquita, y a la humedad, sobre todo, del Ferruco: un juego que más que juego fue destino.

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/CR

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