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Desestimar la cultura

Desestimar la cultura

Columnas miércoles 22 de abril de 2020 - 08:43

¿Cuáles deberían ser en un país con las brutales asimetrías de México los compromisos por la cultura, un derecho ya universal aceptado en nuestra constitución al que tristemente no pueden acceder los más de ciento veinte millones de mexicanos? ¿De nada sirve la cultura si no forma ciudadanos? Tenemos el compromiso de asumir nuestra época, debe haber una correspondencia entre nuestros actos y los aires de nuestro tiempo. Pertenecemos al siglo XXI. No podemos hacer otra cosa que ir al ritmo de los tiempos. Vivimos en una época compuesta por una diversidad exuberante y una creciente internacionalización. Tiempo de lo múltiple y lo global. Si queremos corresponder a las necesidades de nuestra sociedad, entonces tenemos que formar ciudadanos universales, no nacionalistas a ultranza.

Necesitamos ciudadanos que puedan convivir con diversas culturas, individuos y formas de pensar. Adultos que puedan afrontar los retos no sólo de algunas regiones y grupos locales, sino también como ciudadanos de un mundo complejo e interconectado. Ciudadanos críticos.

Vivimos en un país democrático, a pesar de los retrocesos, y entre los presupuestos de los regímenes democráticos están la participación ciudadana y la tolerancia. Sin la participación de los ciudadanos las democracias pierden sentido, de esta manera, una educación crítica contribuye a formar ciudadanos que participen, a través de su opinión crítica, en la vida política del país, ciudadanos que no siguen las inercias y disposiciones de los demás. La tolerancia hacia los otros no significa tampoco que no los critiquemos, no significa ser relativista, significa simplemente comprender que el mundo es diverso, plural y que a cada quien le tocó un mundo dentro del mundo, finalmente todo individuo construye una ética y una moral, sin embargo éstas no pueden fundarse en la miopía de quien sólo se limita a continuar con las convenciones de su lugar. Esto implica que la cultura debería situartse en el centro mismo de las políticas públicas. No hay vuelta atrás, cultura es PIB, es desarrollo, es economía, es tolerancia y cambio, es futuro y es desarrollo, es paz y convivencia social, es lo único que nos sacará de la horrible realidad actual, la de las balas, los narcos, las fosas y los muertos. Es economía, es riqueza. Es sustentabilidad. En serio, de largo plazo. La cultura es la garantía de la vida. Urge apostar por la verdadera ciudadanía cultural.

En estos días el debate ha estado centrado en la desaparición del FONCA y en las declaraciones en particular muy desafortunadas en el sentido de que era un mecanismo clientelar del salinismo creado para acallar a los rebeldes y para premiar a los sumisos. Mal hace un presidente y sus instituciones culturales en denostar a un colectivo que ha sido mermado por el mercado, el centralismo y la falta de oportunidades. En estas décadas el Fondo Nacional para la Cultura y las Artes ha sido todo menos clientelar, ha sido transparente y ha permitido que jóvenes de todo el país pudieran existir en el concierto cultural, sin tenerse que ir por vez primera a la capital del país. Miles de proyectos culturales han visto la luz, se han desarrollado y han florecido gracias a los estímulos del Fondo. Es un profundo error prescindir de un mecanismo -como todos, perfectible- que en este tiempo nos ha permitido crecer con menos inequidad y promover decididiamente el teatro, la danza, la música, las artes plásticas, la literatura, las lenguas indígenas, los proyectos de coinversión, la investigación cultural y artística. Museos, revistas, editoriales independientes, compañías de teatro y danza, a lo largo y ancho de la república sin otro compromiso que el de crear. Yo tuve la oportunidad siendo muy joven de ganar en la segunda convocatoria del programa. Gracias a eso conocí a Vicente Quirarte, a Adolfo Castañón, a Guillermo Samperio, a Ana Mérida, a Mario Lavista, a Fernando Leal, entre los tutores. Con gusto puedo decir que todos son -o fueron, porque a algunos los hemos perdido- mis amigos. Nunca me hubiese ocurrido. Como tampoco compartir esa beca con talentosos creadores jovencísimos, como Eniac Martínez, Maria Baranda, Luis Humberto Crostwaite, Gabriel Orozco, Eduardo Vázquez, César Martínez, Roberto Rébora, entre muchos otros. Mi generación artística. No la hubiera conocido como escritor de provincia. Nunca. Me pude quedar en Puebla por décadas gracias a esa beca, puede publicar después en editoriales comerciales, crecí. Como crecimos todos. Habría que reconocer la equivocación, señor presidente y revivir al Fonca. Es una demanda mínima de coherencia. Nunca la izquierda en ningún país de América Latina había intentado mermar la libertad y la fuerza de una institución plenamente democrática y transparente, una en la que los propios artístas juzgan a otros artistas. Con sus errores esa es precisamente la autonomía del campo frente al poder que pedía Pierre Bourdieu. He sido jurado y he sido beneficiado. Nunca el estado me ha pedido nada, ni me ha exigido premiar o castigar a nadie. Nunca mis colegas han hecho mano negra ni ahí ni en los Premios Bellas Artes de literatura que conozco a fondo. Siempre hemos actuado con libertad total frente al poder. Todo lo demás sería un serio retroceso.

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/CR

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