Un reto para Morena y el resto de los partidos políticos de cara a las elecciones del 2027 radica en la postulación de personas dispuestas a ejercer una representación pública por encima de sus intereses.
El caso de las poblanas Nayeli Salvatori y Grace Palomares abre la puerta de un debate ignorado en cada proceso electoral, porque conviene a las fuerzas políticas promover personalidades.
A nivel nacional, uno de los casos representativos del tránsito de la farándula a la política es el de Sergio Mayer. Actor, cantante, promotor y productor de espectáculos, llegó al Congreso de la Unión con el respaldo obradorista y ya sabemos las consecuencias.
Muchos años atrás ya ocurrían esas prácticas de empoderar personajes de la televisión a cambio de votos. En esa dinámica figuraron dos primeras actrices, Carmen Salinas y Silvia Pinal.
El ámbito del deporte también ha aportado personalidad que atraen miles de votos, pero al momento de ejercer la representación o los cargos de elección popular, exhiben su falta de preparación.
Destaca el diputado federal, Cuauhtémoc Blanco. El delantero del Américo se convirtió en alcalde de Cuernavaca, gobernador de Morelos y actualmente legislador federal, y en su carrera política ha dejado una estela de escándalos no sólo de corrupción sino también por su comportamiento frívolo.
Otros deportistas como Ana Gabriela Guevara, Rommel Pacheco, Manuel Negrete, Raúl González, si bien fungieron como funcionarios del gobierno federal, su desempeño es igualmente cuestionable.
En la mayoría de estos últimos casos, sus nombres aparecieron como promesas de campaña: En 1988 Carlos Salinas de Gortari prometió que colocaría al frente del deporte a un hombre talentoso y nombró al marchista Raúl González, después de su medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984, en Estados Unidos.
Es cierto que cualquier persona en México mantiene sus derechos a salvo para votar y ser votado, sin embargo, es responsabilidad de los partidos políticos proponer opciones que vayan más allá de la simpatía o talento en otra área que no sea la representación o el servicio público.
No significa que actrices y actores, cantantes, futbolistas o comediantes, ya no deban participar en política, sino que, cuando lo hagan, entiendan que su rol en el espectáculo quedó atrás y poseen un compromiso de responder a la gente con seriedad y prudencia.
El caso de Salvatori se inscribe en este punto.
Proveniente del show de la radio comercial y digital, dedicaba tiempo aire a la comedia y no se cuestiona su pasado ni su origen profesional, sino que hoy en día no entiende la investidura que trae a cuestas.
Lo peor, es que los partidos políticos —no sólo Morena— tampoco comprendan la relevancia de una candidatura y apliquen filtros o por lo menos criterios de selección para evitar en la medida de la posible la llegada de hombres o mujeres que no quieren trascender con el país.
CAJA NEGRA
En el Congreso del Estado hay quienes toman nota de los hechos en los que se involucraron tanto Salvatori como Palomares y si bien esperarán a lo que se resuelva a nivel nacional, retirarán protagonismo a ambas.
¿Qué significa esto? No más conferencias de prensa, frenarán sus iniciativas para que no figuren en tribuna y reducirán su participación en actividades solemnes. Es el costo por anteponer lo superficial a lo importante.