A finales de julio de 2026, Ceuta vivió una de las mayores crisis migratorias de su historia reciente. Cerca de 50 mil personas, en su mayoría jóvenes procedentes de Marruecos, cruzaron la frontera por tierra y mar en cuestión de horas. La avalancha dejó un saldo de al menos 67 muertos y desbordó temporalmente los recursos de la ciudad autónoma. En menos de 48 horas, las autoridades españolas y marroquíes coordinaron el retorno de más de 48 mil personas, aunque la tensión política se disparó de inmediato.
La extrema derecha española convirtió el episodio en el centro de su discurso. El viernes 31 de julio, cientos de personas se concentraron frente a la embajada de Marruecos en Madrid. Vestidos en muchos casos de negro y portando banderas españolas, gritaron consignas como “¡España cristiana y no musulmana!” y “¡Unidad nacional!”. Algunos exhibieron pancartas con la palabra “Remigración”, concepto impulsado por sectores radicales europeos que aboga por el retorno forzado de inmigrantes y sus descendientes. Varios asistentes realizaron el saludo nazi de forma abierta. Los manifestantes acusaron al Gobierno de Pedro Sánchez de “vender España a los musulmanes” y de haber permitido una “invasión”. La Policía desplegó un amplio dispositivo, con helicóptero y drones, para garantizar el orden alrededor de la sede diplomática.
En el plano político, Vox elevó el tono. Su líder, Santiago Abascal, calificó los hechos de “invasión” y responsabilizó directamente a Sánchez. Pidió la expulsión inmediata de todos los llegados “con los medios que sean” y llegó a afirmar que, si el Ejecutivo no actuaba, “tendrán que ser los españoles solos”. También reclamó la militarización permanente de la frontera de Ceuta. Otros dirigentes del partido insistieron en devolver a todos los irregulares, incluidos menores, sin atender a resoluciones judiciales.
La respuesta de estos grupos no se limitó a Madrid. En Ceuta, figuras de formaciones ultra como Alvise Pérez y miembros de Núcleo Nacional intentaron organizar concentraciones. Sin embargo, se toparon con el rechazo de vecinos locales, muchos de origen marroquí. Gritos de “Ceuta unida, no dividida”, “aprovechan la situación para sembrar odio” y “fuera” obligaron a la Policía a evacuar a los líderes ultra para evitar incidentes. El intento de capitalizar el drama migratorio se volvió en su contra en la propia ciudad afectada.
Estas movilizaciones y declaraciones han polarizado aún más el debate. Mientras la extrema derecha presenta la crisis como prueba de un supuesto colapso fronterizo y cultural, las autoridades destacan la rapidez de los retornos y la coordinación con Marruecos. El episodio, no obstante, ha dejado claro que cualquier aumento de la presión migratoria se convierte de inmediato en combustible para los discursos más radicales los cuales deberían ser condenados y las autoridades instrumentar políticas públicas que combatan las causas de migración, más y mejores oportunidades a los jóvenes marroquíes que encuentren en su país un mejor futuro.