Una familia oriunda de la junta auxiliar más peligrosa de Puebla, San Pablo Xochimehuacan ha asumido una personalidad de cártel, amenazando y cobrando derecho de piso a los dueños de los negocios más prósperos, como las tortillerías y los baños de vapor, de modo que es mentira la versión oficial de que la violencia obedezca solamente a riñas entre grupos delictivos.
Los herederos de este poder criminal conocidos como “Los Ramoncitos” reclutaron en los últimos dos años a más de 40 personas que además de las extorsiones a comerciantes, consuman de uno a dos asaltos diarios, cuyos casos resultan “insignificantes” frente al tiradero de cuerpos y las detonaciones de armas de grueso calibre que se escuchan durante las noches.
Estos pillos se mueven fácilmente entre calles de terracería y accesos angostos de la colonia 13 de abril -lugar de su madriguera- pero la gente no se atrevería a denunciarlos ante un ministerio público por aquella verdad de que “Pueblo chico, infierno grande”, principalmente quienes viven en las colonias más violentas como Barranca Honda y Los Cerritos.
Sin embargo los vecinos muestran preocupación por el auge de “Los Ramoncitos”, los cuerpos desmembrados, los encobijados, las extorsiones, los apuñalados ¿Acaso hay protección a los delincuentes, complicidad económica o miedo a represalias? Resulta curioso que ninguna autoridad estatal o federal haya mostrado determinación para enfrentar cara a cara al crimen organizado.
Por otra parte, en Xochimehuacan hay un tejido social roto donde la ausencia de policías, las calles abandonadas, los servicios públicos deficientes y la violencia doméstica han echado raíces desde hace más de tres décadas. Atrás quedaron los años en que los niños hacían retas futboleras, volaban papalotes en los campos de cultivo y caminaban despreocupados de la escuela a sus casas.
Hoy, familias procedentes de Guerrero y Oaxaca tienen mayor presencia en la zona así como los migrantes que aprovechan el traslado de la carga de granos y fierro para subir y bajar del tren. Los nuevos pobladores se emplean en la Central de Abasto y si no consiguen trabajo entonces la delincuencia se convierte en opción de vida.
“De los robos al tren ahora tenemos ajustes de cuentas y extorsiones que cobran vidas inocentes y por eso nos urge la intervención de la Guardia Nacional”, claman desesperados los habitantes que no se resignan a vivir en tierra de nadie.