En los últimos años, América Latina ha experimentado un claro giro hacia la derecha. Tras la llegada de Javier Milei a la presidencia argentina con su agenda liberal radical de “motosierra” y ajuste fiscal, Chile se sumó a esta tendencia hace tres meses. El 11 de marzo de 2026, José Antonio Kast asumió la Presidencia representando el triunfo más importante de la derecha en décadas, impulsado por el hartazgo ciudadano ante la delincuencia, la inmigración irregular y la percepción de desgobierno anterior.
A solo tres meses de gestión, el presidente Kast enfrenta una fuerte ola de protestas. El pasado 3 de junio, miles de estudiantes, profesores, trabajadores y organizaciones sociales marcharon por el centro de Santiago y otras ciudades contra los recortes presupuestarios en educación, salud y obras públicas. La policía utilizó carros lanzaagua y gases lacrimógenos, dejando decenas de detenidos y heridos. Las movilizaciones, lideradas por la Confech y centrales sindicales, rechazan la austera reforma tributaria y los ajustes que, según la oposición, favorecen a los grandes empresarios en detrimento de los sectores populares.
Las causas del descontento son profundas: reducción del 3 por ciento en varios ministerios que afecta directamente la educación pública, eliminación de regulaciones ambientales, críticas por posibles retrocesos en derechos sociales conquistados y una sensación generalizada de que el ajuste fiscal se está realizando de forma demasiado rápida y sin suficiente diálogo.
Aunque el Gobierno defiende que estas medidas son necesarias para reactivar la economía y controlar el déficit, la ciudadanía percibe un viraje neoliberal que prioriza el equilibrio fiscal por sobre el bienestar social.
Los extremos de derecha como los experimentados en Argentina con Milei o ahora en Chile con Kast, ni los autoritarismos de izquierda como los de Venezuela y Nicaragua, representan el camino viable para la región.
América Latina requiere democracias maduras que combinen crecimiento económico sólido y equidad social.