La visita del Pato Merlín a “La Mañanera” no es una simple anécdota; se trata de un síntoma de un régimen que acaba de constatar que su principal fortaleza se ha derrumbado por completo: la popularidad presidencial.
La invitación de BTS, Junior H, Majo Aguilar y hasta Salma Hayek, convertida por la Federación del balompié internacional en vocera nacional, en el marco del partido inaugural México vs. Sudáfrica, son indicadores de una caída significativa en la popularidad de Claudia Sheinbaum.
Sin embargo, el hecho no es reciente, en todo caso lo único que ha cambiado es que la contracción en las encuestas ya es evidente para todos: entre marzo de 2025 y mayo de 2026 la popularidad de la presidenta cayó 21 puntos porcentuales, de acuerdo con mediciones de Lorena Becerra.
En mi columna publicada durante la segunda quincena de noviembre pasado, titulada “Aprobación del Bienestar”, compartía con usted lo que sigue:
«El descalabro tiene varias explicaciones: dígame, ¿qué podría destacarse de una administración rebasada por el huachicol fiscal, la fusión entre sistemas ilegales y autoridades de todos los niveles de gobierno, agravados por una reforma judicial incapaz de revertir los niveles de impunidad del sistema penal?»
«Y aunque existen logros tangibles, todavía son insuficientes: desarticulación de laboratorios y capturas de cabecillas de grupos criminales que no se han traducido en mayor tranquilidad social; récord en Inversión Extranjera Directa –en cuentas alegres– que tampoco alcanza a detonar fuentes de empleo sostenibles. En suma, un gobierno adicto al reconocimiento de las encuestas es un gobierno pequeño; tan sólo habrá que mirar los teatros que están montando con el afán de mantener la idea ficcional del consenso social».
A la distancia, me parece que habría que preguntarse: ¿cuándo comenzó el quiebre? Y cómo en todas las coyunturas que han convulsionado a la Nación, hemos de decir que inició en la periferia, en Uruapan con el asesinato de Carlos Manzo el primero de noviembre de 2025. Aquella noche la indignación alcanzó a vislumbrar, tras la tenue ilusión del bienestar, que el régimen no era un movimiento sino un mausoleo. No obstante, lo que vino después, con la solicitud de extradición de Rocha Moya el pasado 29 de abril fue insostenible, y agravado terriblemente ante la negativa de una clase política presa de una complicidad manifiesta.
Así fue como llegamos al “evento canónico” de BTS, después a tenerle miedo a un estadio repleto en un evento internacional de fútbol y, más recientemente, a invitar a un pato a Palacio Nacional mientras la contracción de la popularidad presidencial se acentúa.