Mario Monterrosas Alonso, asesor de Rodrigo Abdala de Bartlett en la Delegación de Bienestar, sí sabe que el poder se ejerce, no se comparte.
Sin que el cada vez más desinflado Súper Delegado alcance a ver y dimensionar el daño que este personaje le está haciendo, Monterrosas sigue mandando y avanzando.
Una de sus primeras acciones, al regreso de su paso por la Secretaría de Bienestar del estado, fue rodear y cercar a Rodrigo.
Para ello desalojó a todo aquél que contaba con una oficina cercana a la suya y se apoderó de la que él consideró la mejor: una con baño, con rollo de papel de la Cómer y con vista a la entrada principal.
(Desde ahí no pierde detalles de los movimientos de su rehén).
Las otras oficinas las destinó a su equipo de súper asesores y expertos en todo (y en nada).
De esta manera mantiene el control absoluto de Abdala.
Sabe quién entra y quién sale, a qué hora, quién lo visita en privado, qué pizzas come, qué refrescos, qué programas de televisión ve.
(Ventaneando es su favorito).
Monterrosas mantiene también bloqueada la entrada principal de las instalaciones para que todo aquél que quiera hablar con su secuestrado ingrese por la puerta de atrás.
Es real.
Las visitas de Abdala tienen que pasar frente al parque vehicular abandonado, subir por la escalera de servicio, y, finalmente, ingresar por la cocina y por las cañerías.
Y todo porque Monterrosas así lo ha dispuesto.
Así le gusta tratar a su rehén.
El síndrome de Estocolmo es evidente.
El secuestrado tiene cierta fascinación enferma por su secuestrador.
Esta medida viola todas las reglas de Protección Civil.
De ahí la preocupación del personal que labora en Bienestar, pues en caso de un sismo no sabrán qué hacer, una vez que Monterrosas mantiene cerradas la escalera y la entrada principal.
Imagínese el hipócrita lector este escenario:
Tiembla.
Todos corren sin saber a dónde.
Abdala también, pero en su desesperación empuja a la gente.
Monterrosas es el único que sabe hacia dónde correr.
Ufff.
¿Divertido?
Trágico.
Nuestro héroe sigue despidiendo personal de puestos claves para tener el control de los recursos humanos, y, faltaba más, de los financieros.
En éstos está imponiendo a sus “expertos”, fieles sólo a él.
Perseverante como es, sigue desmembrando el equipo de Abdala de Bartlett.
Poco le importa que su rehén se esté quedando sólo.
Mañana, cuando el sedicente Súper Delegado necesite de su equipo, descubrirá que está más solo que una higuera en un campo de golf.
Nadie podrá acompañarlo a una eventual batalla por una diputación federal.
Nadie cargará la propaganda.
Nadie tocará puertas ni caminará calles.
Monterrosas los está corriendo poco a poco.
Abdala, faltaba menos, no ha advertido eso.
Sigue extasiado con Monterrosas y su súper equipo.
Todos ellos vienen, por cierto, de la Secretaría de Salud, de varios ayuntamientos panistas y de la Secretaría de Bienestar del estado.
Todos cobran como coordinadores de programas, independientemente de las funciones que realicen.
Sus funciones mayores son espiar e intrigar.
Bien lo decía el general Marcelino García Barragán:
“El poder marea a los inteligentes, pero a los pendejos los enloquece”.