No hay forma de escuchar al padre de Darío —uno de los cinco bebés fallecidos en el IMSS en Durango— y no sentir un nudo en el estómago.
En una entrevista nacional, narró que, después de que su pequeño ya no tenía signos vitales, el personal médico habría intentado hacerle creer que el menor sufría un infarto en tiempo real.
Darío era el único hijo de esa familia. Y, junto con otros cuatro bebés, murió mientras permanecía bajo atención médica en instalaciones del Seguro Social.
Las circunstancias de estas muertes han provocado cuestionamientos sobre los protocolos de higiene, atención y respuesta médica, en un caso que exige una investigación seria, transparente y hasta sus últimas consecuencias.
El padre de familia pidió a la presidenta Claudia Sheinbaum que asuma con seriedad lo ocurrido y que se revise lo que sucede en las clínicas del IMSS.
El doctor Alejandro Macías, desde su experiencia en la rama de la epidemiología, planteó como una posibilidad que una bacteria pudiera haberse alojado en algún insumo, como un suero administrado a los pequeños, y señaló que podría existir una falla en los protocolos médicos.
Oficialmente, se informó sobre la detección de una bacteria sensible a los antibióticos de uso habitual disponibles en el centro de salud.
La propia autoridad ha señalado que, con la información disponible, su presencia no explica por sí sola los fallecimientos y que la revisión continúa.
Por otra parte, el padre relató que, en la Unidad de Cuidados Intensivos Neonatales del Hospital General de Zona Número 1, ni siquiera observó que todo el personal utilizara cubrebocas.
Si esa acusación se confirma, junto con el supuesto montaje sobre la muerte de su hijo, estaríamos frente a un gravísimo acto deliberado que ameritaría sanciones penales.
Ningún profesional de la salud puede poner sus propios intereses por encima del derecho de una familia a conocer la verdad sobre el fallecimiento de un ser querido.
Definitivamente, Darío y los otros bebés no merecían morir, ni tampoco sus padres merecían recibir explicaciones a medias.
Por eso, sería lamentable que este caso terminara convertido en una disputa política entre defensores y detractores del gobierno.
Y también sería un error que la presidenta de México reaccionara con molestia ante las preguntas incómodas sobre el estado agónico del sector salud.