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Memorias de un Hombre de su Siglo

Memorias de un Hombre de su Siglo

Columnas jueves 27 de febrero de 2020 - 18:48

Cuando don Sandalio Mejía Castelán nació (2 de diciembre de 1891), en Huauchinango no había luz eléctrica ni agua potable. Además, las calles no conocían el pavimento, y las mulas y los caballos transitaban por las calles sin autos.

Él no lo sabía, pero con sus escasos estudios de primaria —cursó hasta el segundo año— se convertiría, al paso de los años, en un intelectual disciplinado y fervoroso, dueño de un horario estricto en el que cabían la lectura minuciosa de los archivos religiosos y laicos, y la escritura templada de la historia regional.

Pero don Sandalio también se daba tiempo para dos cosas: enterarse de los últimos sucesos mundiales a través de su viejo radio de onda corta y tocar en su vieja armónica una de sus piezas favoritas: La Norteña, siempre en honor de quien sería su esposa: doña Aurorita Huerta de Mejía.

Elegante como pocos, usaba traje casi todos los días. Y cuando podía se metía en un traje blanco, blanquísimo, y en su corbata de moño. No podía faltar en esa imagen idílica un sombrero de la prestigiada casa Tardán. Para adquirirlos, viajaba a la ciudad de México, llegaba a los bajos del Hotel de Cortés (frente a Palacio Nacional) y se metía a la tienda de sombreros.

A ese México (hoy en ruinas) iba también a comprar libros. Para ello se hospedaba en el Hotel León (en la calle de Brasil), comía en el café La Blanca y no se perdía las noticias a través del diario Excélsior. En uno de esos viajes fue al Museo de Antropología y descubrió el jeroglífico de Huauchinango. Generoso como era, lo donó al ayuntamiento presidido por don Adán Sánchez Montes.

Rodeado de sus libros (tenía cinco mil volúmenes), metido en documentos y papeles, fue haciendo la historia de Huauchinango y la región. Todo le interesaba: todo lo investigaba. Charlaba con ancianos, se metía en los archivos municipales, extraía datos curiosos. Juntaba, pues, las piezas de la trama.

Y esa tarea le llevó años enteros. Años de luces y sombras. Años de privaciones y pasiones. Años de ciencia y paciencia.

Esa disciplina también le forjó un carácter. Y más: le ganó el respeto de los suyos. Su buena fama pública lo acercó a gente brillante. Dos nombres: don Alfonso Cravioto, el creador de la revista Savia Moderna, y el profesor Roberto Quirós Martínez. El primero fue quien lo recomendó con éxito en la Academia Nacional de Historia y Geografía, de la que fue miembro destacado. El segundo, en tanto, lo acompañó por años en su aventura intelectual.

Justo cuando estaba escribiendo Huauchinango Histórico, una embolia lo sorprendió y lo mandó al hospital. Estaba comiendo cuando eso ocurrió.

Disciplinado como era, logró recuperarse haciendo sentadillas en el corredor de su casa. Cuando la segunda embolia llegó a su vida, tuvo miedo de fallecer. Entonces dijo: "Si muero pongan el libro que estoy escribiendo en el féretro". Pero eso no ocurrió, pues una vez más logró recuperarse y concluyó sus dos tomos.

Tras la publicación de su obra en la editorial Cajica, de Puebla, la celebridad llegó a su vida. De todas partes del país y del extranjero llegaban a verlo todo tipo de estudiosos. Él ya no lo supo, pero con el tiempo decenas de tesis universitarias se han inspirado en su obra.

Tras sufrir una tercera embolia, don Sandalio perdió una buena parte de sus movimientos. Y es que su cuerpo dejó de responderle al cien por ciento. Incluso su voz se hizo lejana, ausente a veces. Con todo en contra, lograba levantarse en ocasiones y con ayuda del bastón recorría, como antes, el añoso corredor.

El 31 de enero de 1973 falleció en la ciudad de Poza Rica, Veracruz, a donde había llegado víctima de una bronconeumonía. Tenía entonces 81 años de edad. (Este texto sobre mi abuelo fue leído este jueves en el 35 aniversario de la biblioteca Sandalio Mejía Castelán, de Huauchinango, Puebla).

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/CR

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