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La Suprema Verguenza de la Nación

La Suprema Verguenza de la Nación

Columnas martes 08 de septiembre de 2026 - 11:15

«En los primeros meses señalamos que recibimos una Corte lenta, anquilosada, ensimismada y fuera de la mirada del pueblo; lejos de la fiscalización, la rendición de cuentas y la transparencia. Aún los críticos y detractores de la reforma coinciden con este diagnóstico, incluso ahora afirman que continúa así, que resolvemos pocos asuntos, que el rezago aumenta y que no hay transformación»

Hugo Aguilar Ortiz
Presidente de la Suprema Corte de Justicia de la Nación


Podrá decir misa en zapoteco nuestro flamante ministro presidente; lo cierto es que, contra todo su pesar, los números son implacables y tanto cuantitativa como cualitativamente la llamada “Corte del Acordeón” ha resultado abismalmente inferior a la judicatura capacitoria que conformaba el máximo tribunal de la Nación antes del primero de septiembre de 2025.

Según datos oficiales, de septiembre de 2024 a agosto de 2025 se votaron en la SCJN un total de 3 mil 174 sentencias, mientras que de septiembre del 2025 a la fecha se han turnado únicamente 2 mil 59 asuntos. En total se trata de una caída en picada de la productividad de la Corte del 35 por ciento.

En materia cualitativa los nuevos ministros también son una completa vergüenza. Las pifias son de antología, bastaría con recordar un par de escenas protagonizadas por María Estela Ríos González quien, el pasado mes de marzo, en plena sesión de la Corte afirmó que «quien haya nacido in vitro no es parte de la familia», para volver en junio a los reflectores de la indignación con la idiotez más escandalosa que nunca nadie haya pronunciado en el otrora recinto aristocrático:


«Una trabajadora doméstica no implica que sea una relación laboral, porque la relación laboral tiene que ver entre el sujeto que comete el delito y el que sufre la comisión del delito. Doméstica no acota. Yo entiendo que todo el mundo quiere señalar que se trata de relaciones familiares, pero una cosa son las relaciones familiares y otra cosa una relación doméstica».


No se trata de eventos aislados, Ríos González representa el aire del tiempo en la Suprema Corte. Es triste, pero hay que decirlo con todas sus letras: los ministros se han convertido en la botana de las cátedras de Derecho de las universidades más prestigiadas del país y del mundo. Y esto claramente tiene un reflejo cuantitativo, según un compendio de datos recabados por N+, el sitio oficial de YouTube de la SCJN cayó de 400 mil vistas en 2025 a 67 mil en lo que va del 2026. La razón es obvia: ya no son cátedras de Derecho las que desde ahí se imparten; por el contrario, lo que vemos en las sesiones es una extraña mezcla entre un sketch de “Tres Patines” y un templete lidereado por políticos sin la mayor trascendencia.

La “Corte del Pueblo” tampoco ha sido austera. Recientemente restableció para sus trabajadores el seguro de gastos médicos mayores, pues nadie en el supremo tribunal quiere probar “en carne propia” la inmundicia del ISSSTE o del IMSS-Bienestar.

Tan solo Hugo Aguilar, el mismo sujeto que le limpiaron los zapatos en Querétaro en el marco de un aniversario de la Constitución de 1917, arrancó hace un año con 103 asesores –hoy tiene 45 gracias a la exposición pública–, mientras que la ministra presidenta Norma Lucía Piña tenía sólo seis a su cargo. No obstante, ambas cifras palidecen frente al ejército de abogados que revisan las ponencias de Lenia Batres, la autoproclamada “ministra del pueblo”, con 95 en la nómina de la Suprema Corte según datos oficiales.

En conclusión “la Suprema Corte del Acordeón” no sólo está reprobada jurídica y financieramente, también constituye una vergüenza que aquí mismo previmos hace exactamente un año, en mi columna titulada “Frankenstein Judicial”:


«Muy pronto seremos testigos de la aprobación de una estructura procesal cuyo único fin será sustituir una oligarquía adversa por otra completamente disciplinada y comparsa de la 4T. En suma, México está a punto de convertirse en el hazmerreír del constitucionalismo democrático occidental».


Para mala suerte de la República, no nos equivocamos.

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/CR

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