Este país ha convertido el fútbol en teología. El simple hecho de que la Catedral Metropolitana exhiba, en su altar mayor, a una figura del Niño Jesús ataviada con el jersey de la Selección Nacional supone, entre otras cosas, el reconocimiento tácito de la iglesia de Cristo de que el desempeño de once jugadores y un “Vasco” se comprende desde las claves de fe, y no precisamente desde el utilitarismo del capital.
Julián Quiñones, Raúl Jiménez, Luis Romo, Álvaro Fidalgo, Mateo Chávez y hasta la joven promesa de Gilberto Mora, para una inmensidad de mexicanos no son sólo jugadores, son “santos patronos” del balompié nacional que, para decirlo de manera mucho más secularizada: encarnan el principio esperanza de renovación nacional. Desde luego la afirmación suena absurda, como cualquier otro asunto de fe, pero no por ello deja de ser menos cierta.
¿Cómo explicar entonces que la frágil ilusión del gol haya sido perfectamente capaz de congregar, en las inmediaciones del Ángel de la Independencia, a 140 mil personas posterior al partido inaugural entre México y Sudáfrica? ¿Cómo fue que este martes la confirmación del triunfo de la Selección Nacional ante Ecuador en el Estadio Azteca elevó esa cifra a un millón de fieles en Reforma?
No estamos hablando de fútbol. De lo contrario Thomas Tuchel, director Técnico de una selección de élite como la Inglaterra, no hubiera confesado públicamente, a propósito del próximo domingo, que “este tipo de pruebas nos ayudan a crecer y a prepararnos para los torneos más importantes”.
La esquizofrenia nacional de los últimos días no es el resultado de la enajenación propia de un buen “número de circo”, sino de una catarsis social profunda. Este país ha padecido demasiado en los últimos años, las dolencias han sido cuantiosas y dolorosas; y el jersey de México, en un verdadero acto de contrición, hoy representa algo que muchos creíamos extinto: una reconciliación personal con el orgullo nacional.
El Ángel, el Zócalo, la Minerva, la Macroplaza y un largo etcétera que topa en los parques de cualquier pueblo y ranchería de este país se han convertido en las catedrales de la afición, capaces de borrar, al menos por unos instantes, los problemas nacionales, dejando muy claro que la polarización, meticulosamente construida por la narrativa del poder, es tan artificial como su fuerza transformadora.
“¿Y si sí?”… Si México aún puede ilusionarse con algo como el fútbol, quiere decir que no todo está perdido, que la decadencia no es tan profunda como pensábamos, que la imaginación puede enmendar al poder y que un nuevo comienzo quizá es posible.