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El Sainete de una Periodista Adicta a la Rosa de Guadalupe

El Sainete de una Periodista Adicta a la Rosa de Guadalupe

Columnas domingo 05 de abril de 2020 - 17:24

Luego de pergeñar una columna vulgar, ofensiva y discriminatoria en contra del gobernador Miguel Barbosa Huerta, la periodista Lourdes Mendoza se tiró al piso —siempre con sus mismas faltas de ortografía y redacción— al asegurar que era víctima de una agresión insólita orquestada por el propio gobierno del estado.

Sus únicas pruebas son unos tuits en los que uno de los tuiteros califica su trabajo de “periodismo carroñero”.

En la puesta en escena de este melodrama —digno de figurar en La Rosa de Guadalupe— participan, muy solidarios, muy defensores de la libertad de expresión, el ex presidente Felipe Calderón y otros mas que conspiraron en su momento —con toda la fuerza del Estado— en contra de la periodista —ella sí— Carmen Aristegui.

Si los tuits sirven de prueba de una orquestación de Estado en contra de los periodistas, todos —faltaba más— somos inocentes y desvalidas víctimas.

¡Seriedad, señores!




Día 20 de la cuarentena. Cuando empiezo a desesperarme de mi arresto domiciliario, pienso en que 4 mil millones de personas —el 50 por ciento de los pobladores del mundo— están en las mismas condiciones que yo: metidos en sus departamentos, en sus casas, en sus covachas, en sus penthouse, en sus villas, en sus ranchitos, en sus haciendas, en sus casitas dúplex.

Eso me tranquiliza, porque las imagino haciendo lo que yo hago: comiendo, durmiendo, comiendo, viendo Netflix o Prime Video, comiendo, durmiendo, subiendo historias a Instagram o a Facebook, durmiendo, comiendo, durmiendo.

Veo de lejos a mis vecinos. Todos están en sus casas. Escucho de pronto sus voces. La vecina que me odia, por ejemplo, sigue molesta por mis enredaderas, aunque éstas no amenacen su muro.

(Técnicamente, su muro no es su muro: es mi muro. Pero ella les dice a todos que es suyo). A mi jardinero lo amenazó de hacerle un escándalo si del lado de mi muro —que no es el de ella— se atrevía a sembrar enredaderas. Por más que le ofrecí más dinero, don Juanito no aceptó llevarle la contra. En consecuencia: no sembró nada.

Ella, mi vecina, sí sembró algo: mucho odio. Ignoro las razones que tiene para odiarme. Seguramente escribí algo sobre algún personaje ligado a ella. Cree que con su hostilidad me hará la vida de cuadritos. Tarea imposible. De rombitos, acaso, como un vestido suyo que se pone de pronto, cuando espía mis movimientos en el jardín.

Le molesta que juegue con mis perras o que lea a la sombra de un viejo laurel. También le irrita sobremanera, ay, que escuche Nabucco —en particular el coro “Va pensiero”—, de Verdi, que habla de unos esclavos oprimidos que extrañan su patria. Pero ella ni es esclava ni oprimida, y francamente dudo que extrañe alguna patria, salvo la patria de joder al prójimo.

En todo eso pienso cuando una amiga me envía un WhatsApp adelantándome cambios en la Secretaría de Hacienda. “Que ya se va Arturo Herrera”, escribe. “¡No calumnien, no calumnien!”, le respondo, muy en el estilo de Elenita Poniatowska en 2006.

¿Adónde nos ha llevado la cuarentena?, me pregunto. ¿Qué haremos con tanto ocio?, me vuelvo a preguntar.

A lo lejos, mi vecina conspira nuevamente contra mí.

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/CR

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