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Cárdenas: la paradoja fundacional

Cárdenas: la paradoja fundacional

Columnas lunes 02 de noviembre de 2026 - 20:24

Era el año de 1987 cuando un grupo de notables, marginados por la administración del presidente Miguel de la Madrid, desafiaron la disciplina impuesta por el partido ocasionando la mayor ruptura que el PRI recuerde desde su fundación: los protagonistas de aquella arenga fueron el exgobernador de Michoacán, Cuauhtémoc Cárdenas, y el expresidente del Comité Ejecutivo Nacional (CEN) del PRI durante el sexenio de Luis Echeverría, Porfirio Muñoz Ledo.

En pocos días este par de personajes, desde las entrañas del régimen, encabezaron la llamada “Corriente Democrática” cuyo único objetivo era tan subversivo como simple: poner a debate la idoneidad de la política neoliberal puesta en marcha por el presidente a lo largo de su sexenio.

El pacto corporativo hizo lo propio y Cárdenas y Muñoz Ledo fueron expulsados del partido, pero como revancha partieron del supuesto de que una verdadera democracia en México sólo podía conseguirse en detrimento del poder del Ejecutivo. En ese contexto vio la luz el Frente Democrático Nacional (FDN), conformado por una coalición de disconformes tan diversos entre sí como el agua y el aceite, pero lo suficientemente capaces como para instaurar una fuerza social en oposición a la instauración neoliberal impulsada por un partido hegemónico que, para entonces, ya había dejado de ser la garantía de estabilidad del sistema.

El manifiesto del FDN se centró en la necesidad de revertir el proceso de empobrecimiento de las mayorías, frenar el desmantelamiento del aparato paraestatal, así como dejar de apostarle al pago de la deuda para reanudar el crecimiento económico. El mensaje debió haber calado hondo en el electorado pues, en 1988, Carlos Salinas de Gortari se convirtió en el primer candidato presidencial del PRI destinado a inaugurar una tendencia de resultados electorales decrecientes que no sería revertida hasta los comicios de 2012, cuando el Grupo de Atlacomulco, encabezado por Enrique Peña Nieto, recuperó Palacio Nacional.

Las reacciones de Cuauhtémoc Cárdenas y del FDN no se hicieron esperar: demandaban la renuncia al cargo del “presidente electo”, así como un interinato en el marco de una convocatoria para nuevas elecciones. El clima político, casi en una anticipación al año 2006, corrió en medio de profundas confrontaciones y álgidos litigios; sin embargo, fueron inútiles todos, la maquinaria del sistema operada por Manuel Bartlett se impuso y el 1º de diciembre de 1988 Salinas de Gortari se convirtió en Presidente de México con un saldo de legitimidad impensable para cualquiera de sus antecesores.

Después de innumerables manifestaciones y plantones por todo el país: Cárdenas, respaldado por todas las izquierdas aglutinadas en el FDN, extendió un “cheque en blanco” al partido que intentó desterrarlo de la familia Revolucionaria fundando el Partido de la Revolución Democrática (PRD) en 1989. Esa decisión, que por cierto Diego Fernández de Cevallos siempre le recriminó al ingeniero, y que consistió en un pacto entre la ruptura y oficialismo, selló para siempre en el curso del civilismo la transición a la democracia en México, pero, al mismo tiempo, abrió una paradoja: Cárdenas y el PRD decidieron contender por el poder, pero apegándose a las reglas de un régimen que jamás podrían destronar en tanto el fraude electoral fuera un recurso de estabilidad del sistema.

Desde luego esa paradoja fundacional no fue la única responsable, pero sin duda marcó la tendencia que hizo posible que no fuera el PRD sino Acción Nacional quien sacaran el PRI de Los Pinos. Y, sin embargo, de lo que no fue responsable la contradicción del comienzo fue del sepulcral silencio de Cárdenas cuando llegó al poder López Obrador, la más aterradora de sus creaciones, profundizando en este país un populismo de derecha de corte abiertamente neoliberal.

Descanse en paz el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, porque sin duda la Historia no lo absolverá.

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/CR

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