Lo impresionante de las últimas horas no está en el hecho de que los demócratas hayan conseguido 52 escaños en el Senado y 237 curules en la Cámara de Representantes. Es un canon en ciencia política –Juan Linz, entre otros– que “las elecciones intermedias actúan como un plebiscito negativo a la gestión del Poder Ejecutivo”, y esa tendencia ha ocurrido en México con escrupulosa disciplina y en la Unión Americana con mayor fuerza.
En esencia, el verdadero asombro radica en que el constitucionalismo norteamericano, es decir el sistema de contrapesos entre los poderes de la Unión, sobrevivió al fascismo del terrible señor Donald Trump.
Hace un par de años, cuando los republicanos recuperaron el control político de la Casa Blanca y de las cámaras de la Unión; la Suprema Corte de Justicia mantuvo el curso de la república invalidando medidas ejecutivas que contrariaron enmiendas constitucionales y precedentes judiciales.
En honor a la verdad nunca se trató de ningún hecho extraordinario; sino del “cuarto de máquinas” de la Constitución operando con escrupulosa eficiencia desde 1787. No olvidemos que cuarenta y cuatro años después de la Convención de Filadelfia, ofuscado por el fracaso de la revolución francesa, Alexis de Tocqueville viajó a América con el propósito de descubrir el secreto de fabricación detrás de un diseño tan sui generis como estable; sin embargo, la estancia no fue muy prolongada, nueve meses le bastaron para revisar con la meticulosidad de un anticuario cada engrane del sistema a través del testimonio de sus actores y el resultado de sus instituciones. Su asombro se materializó en una obra que no tardó en ocupar un lugar privilegiado en la teoría política occidental: La democracia en América (1835), una radiografía incapaz de perder su vigencia.
En ese mundo de diagnósticos y observaciones, Tocqueville aseguraba:
«Cuando el cuerpo norteamericano se deja embriagar por sus pasiones o se entrega al descarrío de sus ideas, los legistas le hacen sentir un freno casi invisible que lo modera y lo detiene (…) Armado del derecho de declarar inconstitucionales las leyes, el magistrado norteamericano penetra sin cesar en los asuntos políticos. No puede forzar al pueblo a hacer las leyes, pero por lo menos lo impele a no ser infiel a sus propias leyes y a permanecer de acuerdo consigo mismo».
A la postre, podemos asegurar que Trump no perdió su fulgor únicamente por la volatilidad del voto latino, por el fracaso de su embestida contra Irán, por sus alianzas genocidas con Benjamín Netanyahu o, simplemente, por los excesos de una política migratoria deshumanizante; el Ejecutivo de la Unión perdió el control del Congreso porque siempre estuvo ahí “el espíritu legista” para frenarlo.
No estamos frente a una victoria constitucional cualquiera; por segunda ocasión, en la historia política de los Estados Unidos, las tentaciones populistas han sido frenadas en el corto lapso de un cuatrienio. Si pudiera verlo, Tocqueville llevaría 191 años perplejo por el asombro.