Por Guadalupe Juárez
Por primera vez en la historia, la afición poblana observó a la selección mexicana ganar tres partidos al hilo, sin ningún gol en contra, y aún así, celebró los tres goles con los que obtuvo la victoria sobre Chequia como si se jugaran la vida o la permanencia en la fiesta del futbol.
Un par de niños están sentados sobre las letras de "Puebla" que este miércoles emulan las gradas de un estadio, sus padres se desgarran la garganta gritando tres veces gol en el segundo tiempo.
Los niños suenan sus trompetas, alzan las manos y se emocionan por cada vez que la afición celebra un gol.
En los primeros 45 minutos, la familia frustró la celebración en varias ocasiones y como si los jugadores a través de la pantalla lo escucharan les reclamaban "que era lo único que tenían que hacer", meter un gol. Una joven lanza más reclamos a Quiñones que no logró romper la red hasta la segunda parte.
El zócalo es una fiesta, hombres con sombreros enormes, uno de ellos con un balón adaptado en él con llaveros colgando en las orillas.
En las primeras filas los funcionarios municipales que asistieron a ver el juego en la fan zone también se unen al festejo y se frustran cuando las jugadas no terminaban en gol.
Cada centímetro del primer cuadro de la ciudad está lleno de personas con la playera verde, la fuente de San Miguel está rodeada de banderas mexicanas que ondean.
La gente mantiene su euforia, no sólo por el eminente triunfo, sino por la entrada de una figura conocida: la de Guillermo Ochoa.
Las ovaciones y aplausos no paran hasta que él toca el balón y vuelve a dar un pase largo que termina en el tercer gol, con lo que estalla de nuevo la afición.
La fiesta se extiende, las matracas suenan y el mariachi toca para celebrar el nuevo capítulo en la historia de la selección mexicana y su afición, que por primera vez sabe lo que es un triunfo contundente en tres partidos, como líder de grupo y en casa.