La Iglesia anglicana vivió un momento histórico con la entronización de Sarah Mullally como primada en la catedral de Canterbury, convirtiéndose en la primera mujer en ocupar este cargo. La ceremonia, cargada de simbolismo y diversidad cultural, reunió a representantes de distintas religiones y contó con la presencia de los príncipes de Gales, Guillermo y Catalina.
Mullally, de 63 años, recibió el báculo de arzobispa en un acto solemne que incluyó cantos africanos en swahili y bemba, plegarias en urdu y la lectura del evangelio en español a cargo de una obispa mexicana. Su discurso evitó temas polémicos, aunque hizo un llamado a la paz en regiones como Oriente Medio, Ucrania y Sudán, además de reconocer el dolor causado por los abusos dentro de la comunidad cristiana.
La entronización ocurre en un contexto de tensiones internas dentro del anglicanismo, marcado por el avance de un movimiento conservador en África que rechaza la ordenación de mujeres y el matrimonio igualitario. Pese a ello, Mullally no hizo referencia directa al posible cisma y se enfocó en transmitir un mensaje de unidad y esperanza.
El nombramiento de Mullally, quien antes de su ordenación trabajó como enfermera, fue recibido con entusiasmo, especialmente por mujeres asistentes a la ceremonia, que celebraron este hito como un paso significativo hacia la inclusión y el reconocimiento dentro de la Iglesia anglicana.