Por Guadalupe Juárez
Cada centímetro de la fan zone del zócalo poblano como las escaleras y las bardas de la Catedral emularon las gradas de un estadio, repleta de aficionados mexicanos y de extranjeros que estallaron con el triunfo de la selección 1-0 contra Corea.
La fiesta del futbol se vivió a través de tres pantallas colocadas en el primer cuadro de la ciudad, pero con el ambiente que se vive en un estadio: una afición esperanzada, frustrada cuando una jugada no se concretaba y con porras para apoyar a su equipo, pero también para intentar intimidar al equipo rival como si escucharan los jugadores a la distancia.
Los más pequeños se sentaron frente a las pantallas, las familias llegaron con sus bolsas de palomitas caseras o sus chicharrones, algunas parejas compraron sus pizzas para comerlas en el suelo o con sus seres queridos, unos más espantaban los moscos con el humo de un cigarro.
Desde el inicio del partido, los poblanos abuchearon a Luis Romo por sus declaraciones unas horas antes del encuentro con el equipo coreano, el enojo se esfumó después del segundo tiempo con el primer gol del mexicano.
El medio tiempo se llenó de música de los mariachis, del ánimo de una porra de fútbol con tambores y hombres enmascarados que animaban a los asistentes y una afición que portaba sombreros enormes con orgullo y hasta con un toro de plástico que cargaron sobre sus hombros.
Como si asistieran al estadio, las y los aficionados apoyaron cada acción del arquero mexicano que impidió el empate de Corea.
Cada uno de los asistentes vistió la playera verde, a pesar de que había extranjeros, estos decidieron vestir la misma camiseta del país anfitrión.
La frustración y el miedo inundó a las mujeres, hombres e infancias que observaban los últimos minutos, hasta que escucharon el silbatazo final y pudieron aplaudir y salir con una sonrisa para festejar el segundo triunfo de México en la justa deportiva.