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Buscadoras en pie de lucha: la historia de Miriam, Alicia y María Luisa

Buscadoras en pie de lucha: la historia de Miriam, Alicia y María Luisa

Puebla jueves 27 de agosto de 2026 - 19:26

En marco del día internacional de la búsqueda de las víctimas de desaparición forzada, Contrarréplica Puebla conversó con tres mujeres en Puebla, a quienes la vida les cambió tras la desaparición de sus hijos o esposos y han tenido que buscar por sus propios medios a sus seres queridos.

Por Guadalupe Juárez

La búsqueda de Miriam

Miriam habla de la desaparición de su esposo, Gustavo Solano Flores, con su bebé en brazos. El pequeño la interrumpe con varios “mamá” y por unos segundos la devuelve al presente, ya no está en aquel 13 de mayo de 2025.

La última vez que Gustavo habló con su esposa fue a las 19:00 horas de ese día, cuando le dijo que ya había salido del trabajo y se dirigía a la casa de ambos en Amozoc, ella no se iba a quedar ahí esa noche y se verían al día siguiente.

Miriam no le contestó de inmediato, pero a la media hora después de ver su mensaje intentó comunicarse con él, y ya no le respondió.

Al día siguiente inició la búsqueda de Gustavo, Miriam entró a la vivienda que compartían y vio que estaba el plato sucio del desayuno, se había bañado como todos los días y sólo no estaba uno de los vehículos que tenían.

Luego se contactaron con gente de su trabajo en donde le dijeron que no había ido y lo esperaban para una cita con proveedores, pero no acudió a su jornada laboral.

Tras dos noches de ausencia, por la mañana del 15 de mayo denunció junto a sus suegros la desaparición de Gustavo ante la Fiscalía General del Estado.

El relato de Miriam se ve interrumpido varias veces por su bebé, quien le dice mamá para llamar su atención y que le reproduzca un video en el celular, con lo que se entretiene mientras sigue la conversación.

Para Miriam, el día que acudió a la Fiscalía, en ese momento “empezó todo”, fue a dejar oficios, buscó en hospitales, con la policía y por un momento pensó que estaba herido y le habían quitado el auto, pero han pasado un año y tres meses sin noticias de lo que le sucedió.

A la semana de la desaparición de Gustavo y sin avances en la investigación, la familia de él fue a pedir la ubicación del vehículo a la empresa que lo financió, ya que contaban con la ubicación de la unidad en tiempo real, la cual le dieron a la Fiscalía.

El auto se encontraba en Tepeaca en un corralón, la policía municipal lo llevó después de recibir un reporte telefónico en el que alertaban del auto con las puertas abiertas, impactado contra un poste, como parte de una persecución, pero sin ningún rastro del conductor.

“No sabemos por qué, mi esposo era una persona tranquila. Se dedicaba solamente al trabajo, era muy responsable”, dice Miriam.

Gustavo tiene 38 años de edad, es ingeniero en telecomunicaciones y trabajaba en una empresa multinacional de telefonía en Plaza San Pedro, es amable, le gusta ayudar a las personas con menos recursos, ir a dejar a su hija mayor a la escuela y recogerla y sembrar plantas en su jardín.

A pesar de ser experto en celulares, los dos equipos que llevaba consigo, el personal y el del trabajo fueron encontrados en el auto sin que la Fiscalía pueda analizar su contenido al señalar que no cuenta con el equipo suficiente, por lo que cualquier pista sobre el paradero de Gustavo sigue ahí en manos del ministerio público.

Volverse buscadora y mantener a dos hijos sola

Antes de la desaparición, Miriam estudiaba, Gustavo cubría las colegiaturas de la escuela y ella se dedicaba al hogar al cuidado de sus dos hijos, mientras su esposo cubría los gastos.

Cuando desapareció, Miriam tuvo que gastar sus ahorros, unirse al colectivo La Voz de los Desaparecidos en Puebla y comenzó a vender diferentes artículos para la escuela de su hija mayor, ya sean ligas, donas y pasadores para el cabello, comida o ropa para sostener su casa.

Con la voz de su bebé llamándola “mamá” de nuevo, Miriam recuerda el día que vio por última vez a Gustavo, cuando planeaban el bautizo del bebé y como su hija no quería despedirse de él.

A la fecha, a la pequeña le dice que Gustavo está de viaje, y ella se consuela a sí misma diciéndose que a lo mejor donde está su papá no hay señal para comunicarse. Pero cada noche, antes de irse a dormir, la niña reza “Diosito, hoy como todas las noches, te pido que me devuelvas a mi papito, porque todos los niños tienen a su papá y yo no tengo al mío”.

La madre de Gustavo falleció hace unos meses sin volver a ver a su hijo. Ella era quien cuidaba a sus nietos, mientras Miriam se convertía en buscadora.

Los días para Miriam transcurren sin conciliar el sueño, escuchando a su hija mayor como guarda el lugar de su padre en la mesa, ver a su bebé crecer sin recuerdos de su padre y resignándose a pedir que le regresen a su esposo en las condiciones que sean.

“Yo no quiero justicia ni culpable, yo solamente quiero que me digan dónde está mi esposo, dónde ir por él. Yo no quiero problemas porque tengo a mis hijos, ya no quiero problemas, este ya no quiero. Yo solamente lo que quiero es encontrarlo”.

Al igual que su esposo, su familia y amigos desaparecieron, por eso, dice, se ha refugiado en sus compañeras, porque ellas son quienes entienden su dolor.


El día que Alicia se convirtió en buscadora

Alicia López dice que el dolor de un parto desaparece cuando una madre vuelve a tener a su hijo entre los brazos. Para ella el dolor persiste, Guillermo Raúl López Escobedo desapareció el 28 de diciembre de 2023.

“Hoy yo tengo ese dolor como cuando lo parí. Y ese dolor va a desaparecer hasta que yo vuelva a tener a mi niño entre mis brazos, igual que cuando nació”, dice Alicia.

Cada vez que en el Colectivo La Voz de los Desaparecidos preguntan quién puede dar una entrevista, Alicia levanta la mano aunque eso signifique revivir su historia una y otra vez. Carga consigo las lonas con el rostro de su hijo, a las que abraza en cada oportunidad.

Guillermo Raúl cumplió 30 años, desapareció el 28 de diciembre de 2023, hace más de 2 años y siete meses cuando tenía 28 años. A pesar de haber dos detenidos por su desaparición, uno de ellos en un juicio, no hay rastro de su paradero.

Guillermo Raúl fue un hijo muy deseado, tras dos niñas y la peculiaridad de haber nacido a las 0:00 horas de un 22 de julio, pesar 4 kilógramos y parecer un “nenuco” que su padre presumía al salir del hospital.

La sonrisa que le provoca recordar esos momentos se borra al hablar de la infancia de su tercer hijo y lo protector que era con su hermano menor.
Alicia dice que Guillermo Raúl era tranquilo desde pequeño y ella como madre era sobreprotectora. “Tanto que cuidé a mi hijo hasta donde yo pude y hubo un momento en que se me fue como el agua entre las manos”.

La culpa entonces la invade al recordar esa noche que lo vio por última vez, cuando salió de su casa en motocicleta rumbo a Amozoc para llevar a vender una computadora a un amigo y ya no volvió, y piensa que la historia hubiera sido diferente si lo hubiera acompañado.

Alicia cuenta que los primeros meses estaba en shock, fueron sus hijos quienes iniciaron la búsqueda, pero después de que una de sus hijas perdiera el trabajo por buscar a Guillermo Raúl, decidió tomar fuerzas y salir ella.

Alicia se unió al Colectivo La Voz de los Desaparecidos como una forma de sentirse acompañada y obtener fuerza junto a otras madres buscadoras que, dice, las motiva el amor por sus hijos.

Así, se ha enfrentado a cercos policiales y a que le hayan tirado sus lentes durante una manifestación en la que sólo buscaba visibilizar con lonas los rostros de las personas desaparecidas en el estadio de futbol durante el mundial.

Alicia era ajena a estas actividades antes de la desaparición de su hijo, fue una vecina quien vio el llamado “árbol de la esperanza” en el zócalo y colocó la fotografía de Guillermo Raúl.

Su caso es de los pocos que han llegado a juicio con detenidos, pero tampoco hay pistas sobre el paradero de su hijo, con audiencias cada 15 días en San Martín Texmelucan por la saturación de casos en las demás casas de justicia y con 32 pruebas a desahogar, sólo dos de ellas por audiencia, lo que vaticina un juicio largo.

A la par, Alicia encabeza la búsqueda de su hijo en un pozo en Amozoc, cerca del sitio donde desapareció, que no ha concluido por las lluvias y que evita que los bomberos desciendan al no haber condiciones adecuadas, por lo que se suspendió.

La esperanza de encontrar a su hijo con vida se ha ido apagando, al no encontrarlo en alguna barranca al iniciar su búsqueda.

“Yo solita me digo, `tengo que ser fuerte`, porque si en algún momento descubren algo, pues digo, es lo que quiero. Y pues eso, quiero encontrarlo. Es muy repetitivo tal vez, pero sí, quiero encontrarlo de la manera que sea”.


El espejo de María Luisa

María Luisa Núñez Barojas se veía reflejada en cada familiar de una persona desaparecida, como si se tratara de un espejo y percibía su angustia, la impotencia y el dolor.

Mientras María Luisa se convertía en activista, defensora de derechos humanos de manera simultánea, no dejó de buscar a su hijo Juan de Dios, en sigilo, a discreción, bajo el agua, hasta que lo encontró, aunque sin vida.

Los restos de su hijo se encontraban en una fosa clandestina descubierta en agosto de 2020, tardó año y medio en recuperarlos y hasta el 18 de febrero de 2022, pudo sepultarlos.

María Luisa, fundadora del Colectivo La Voz de los Desaparecidos en Puebla, el cual fundó en 2018, tras la desaparición de Juan de Dios en abril de 2017 junto a dos jóvenes más, Abraham y Vicente, compara la desaparición como una muerte lenta, pero que al hallarlos, acabó con la incertidumbre, con aquellas preguntas que no tenían respuesta.

Atrás, dice, quedaron los días que al despertar se preguntaba si ese día lo iba a encontrar, si le iba a alcanzar la vida para hacerlo. “Yo ya no tengo esa angustia, ya se acabó esa preocupación. Y sí, sí tengo paz”.

Juan de Dios era, describe su madre, un chico enamorado de la vida, amaba y disfrutaba vivir, tenía en su momento muchos amigos, le encantaba bailar e irse a los bailes, algo común en su pueblo, por lo que el pensamiento de, que al colgar una llamada con su hijo de un retén en la carretera para volver a su casa en Palmar de Bravo, fue que era un pretexto para volver tarde a su casa.

Sin embargo, al transcurrir 15 días sin saber de él, supo que se trataba de una desaparición y después su dolor era compartido con más mujeres que, al igual que ella, habían descubierto ese mundo.

“Cuando yo empiezo a conocer a las familias que llegan a cada llamado que hago desde el colectivo, escucharlas, su travesía o su viacrucis a ante la desaparición de sus familiares, pues fue para mí como un golpe muy fuerte a otra realidad que yo no terminaba de entender”.

María Luisa dice que así comprendió que las desapariciones no eran casos aislados, sino un problema sistemático y estructural, con ministerios públicos y agentes de investigación que no trabajaban ni garantizaban derechos de los familiares como acceso a sus carpetas de investigación.

Su formación como abogada, le permitió abrirse paso para apoyar a las familias y que accedieran a estos derechos.

Así, se dio cuenta que la desaparición no sólo la vivían personas sin recursos, sino de distintos perfiles, entre arquitectos, abogados, médicos y hasta funcionarios de menor rango.

Se percató que, a pesar que había quienes contaban con los recursos para contratar asesores legales, estos no estaban capacitados para enfrentar los retos ante las instituciones.

“Me di cuenta que la desaparición es como la muerte. No distingue estatus cultural, social, económico, laboral. Y que pues en este país y en este estado puede ser desaparecido literal solo porque te encuentras en el lugar equivocado, en el momento equivocado”.

La búsqueda de su hijo y la de otras personas cuyas familias acuden al Colectivo han atravesado criminalización de autoridades, discriminación y hasta rechazo de un sector de la sociedad que atribuye a los discursos revictimizantes de funcionarios de alto nivel replicados por las personas.

Para María Luisa lo ideal es que las madres buscadoras dejaran de hacer el trabajo de las autoridades, que pudieran vivir y cuidar su salud, pero al ser algo que parece lejano, afirma, que lo que queda es la lucha y levantar la voz.

María Luisa es una mujer seria, alza la voz cuando es necesario en las manifestaciones y frente a las autoridades, y muy pocas veces rompe en llanto hasta que recuerda los primeros días al convertirse en madre buscadora.

A su mente vienen los días que no comía, que no dormía, la incertidumbre y las preguntas sin respuestas, los pasos a seguir para buscar y el autocuidado para sobrevivir y continuar con su búsqueda y no enfermar porque si no “quién va a buscar”.

También recuerda la culpa al comer, al tener frío y taparse con una chamarra, dormir en un colchón y cómoda y no evitar preguntarse si su hijo la pasaba mal.

Sin el mismo dolor por la desaparición de su hijo, María Luisa todavía se refleja en las madres buscadoras como ella. Comprende el buen presentimiento que sienten cuando salen de casa de que ese día van a encontrar algo y como termina su día con la esperanza hecha trizas, sabe de la impotencia, el enojo y la frustración que queda en la garganta.

“No hay manera de que yo no pueda volver a sentir el coraje, de que no pueda que no pueda percibir su dolor. De que no vuelvan a mi mente”.

María Luisa recuerda que su búsqueda la hizo sola, sin ayuda de las autoridades, sin ninguna expectativa institucional, sino solo en sí misma, que considera una de sus ventajas.

Pero al igual que sus compañeras, al llegar a su casa en cada jornada de búsqueda, lo hacía con las manos vacías.

Su madre le preguntaba ¿nada? Y ella sólo respondía “nada”. “No hay forma de olvidar eso. No hay manera”.

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HG/CR

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