«El resultado es inesperado, nunca obtenemos todo lo que queremos. Debo admitir que estaba convencido de que iba a ganar en la primera vuelta, pero tenemos una segunda vuelta, y la segunda vuelta es el momento de la verdad, es el momento de demostrar el verdadero Brasil, porque hoy está en juego el Brasil que queremos»
Luiz Inácio Lula da Silva
Según la encuesta más reciente de Datafolha, levantada entre el 29 de septiembre y el 1 de octubre, el presidente Lula da Silva goza de la aprobación del 48 por ciento de los brasileños. Los datos –considerando el margen de error con el que cuenta toda estadística inferencial– son consistentes con el escrutinio de este domingo, donde el máximo exponente de la izquierda progresista sudamericana alcanzó el 45.16 por ciento de la votación total emitida.
Entonces, ¿por qué fue “inesperado” el resultado electoral para el presidente Lula? O, mejor dicho, ¿en qué fundaba su firme creencia de que los brasileños que no simpatizan con su gobierno soportarían la continuidad de su proyecto político?
Durante la penúltima primera vuelta, celebrada el pasado 2 de octubre del 2022, Lula tampoco obtuvo la preciada mayoría absoluta. No obstante, logró 48.43 por ciento –3.27 puntos por encima de lo conseguido este domingo– de la preferencia efectiva; y una vez celebrada la segunda vuelta, el 30 de octubre de ese mismo año, con mucho esfuerzo consiguió que el 50.9 por ciento de los electores refrendara la continuidad de su gobierno, sacando una ventaja pírrica de sólo 1.8 puntos sobre Jair Bolsonaro.
En retrospectiva los datos demuestran que la polarización política no se inventó este domingo en Río de Janeiro ni en Brasilia. Y ese quizá sea el problema que no entiende Lula, y que explicaría porqué Flávio Bolsonaro podría arrebatarle la posibilidad de un cuarto mandato al octogenario presidente con un resultado mucho menos ajustado de lo esperado.
Es decir, cuando tienes una tasa de desempleo del 5.6 por ciento, la más baja desde el 2012; y cuando además la Inversión Extranjera Directa (IED) pasó de 63 mil millones de dólares en 2024 a 77 mil millones en 2025, ocasionando que los brasileños en situación de pobreza monetaria pasaran del 31 por ciento de la población en 2022 al 20.3 por ciento en 2025; me resulta absurdo –por no decir estúpido– que como Jefe de Estado sigas utilizando la estrategia de la polarización política, enarbolada en la carta retórica del “verdadero Brasil”, para llamar a tus fieles a refrendar un proyecto que ya no les convence, o que simplemente no les conviene, dado que ya no están en la misma situación económica del 2003, y menos aún del 2023.
No hay duda de que Lula ha construido un nuevo Brasil, pero no ha actualizado su narrativa ideológica ni diseñado políticas públicas destinadas a satisfacer las necesidades de un sector creciente que se benefició directamente con las bondades de su gobierno. En cambio, quien sí lo ha hecho es el Partido Liberal (PL), pues no es producto de la casualidad que, a partir de este domingo, se haya convertido en la principal fuerza política en el Congreso con 121 diputados y 28 senadores.
En consecuencia, ¿la noche del 25 de octubre el México que gobierna Claudia Sheinbaum se convertirá en el último reducto de “la izquierda progresista” latinoamericana? Todo parece indicarlo.
Adeus, Lula.