Puebla
La prostitución callejera libra una batalla contra el coronavirus en el Norponiente del Centro Histórico de la capital poblana.
Por: Jaime Carrera
Vivir o morir, o morir en el intento de sobrevivir… En la 14 Poniente, la zona roja de la prostitución en el Centro Histórico de Puebla, la prevención de contagios de Covid-19 se observa, únicamente, en los pocos establecimientos abiertos donde se ofertan cubrebocas a 3, 6 y hasta 10 pesos por unidad.
Es sábado por la tarde, hay un ambiente diferente en el Norponiente del centro de la Ciudad de los Ángeles: no hay ambulantes, no hay ruido ni tráfico.
Pero para más de 50 mujeres que allí se encuentran no hay cuarentena, no hay "quédate en casa" y mucho menos seguridad social.
Son las cinco de la tarde, y las primeras gotas de la lluvia comienzan a alborotar a la poca gente que transita sobre esa calle desde la 11 Norte hasta la 5 de Mayo. Las trabajadoras sexuales se repliegan hacia las paredes, unos cuantos varones las siguen. Las persiguen.
Sin cubrebocas, dialogan, observan, murmuran, chismean... También son observadas por otros: los halcones, los padrotes, los clientes sedientos de cuerpos. "Te la chupo por 40 pesos", le dicen a un curioso que camina por allí.
Frente a esa mujer, una joven que no pasa de los 20 años de edad es asediada por un hombre de unos 60 años. Dos metros adelante, tres mujeres están recargadas en una cortina de un negocio cerrado por la contingencia de salud pública por el coronavirus.
Una esquina atrás, una esquina adelante, solas, en grupo, todas están en la calle, su centro de trabajo. La prostitución no sabe de cuarentenas, mucho menos de trabajo en casa, sólo sabe de necesidad, hambre u obligación, según sea el caso.
Caminar por la 14 Poniente sin gente por la pandemia de Covid-19 es como asistir a un desfile de cuerpos, el desbordamiento de la prostitución en el centro de la ciudad es aún más perceptible, pero sigue igual de invisibilizada.
El Covid-19 ha remarcado la marginación en la que vive este sector de la población, que igual genera economía, a veces, no del todo lícita aunque a la baja en más del 80 por ciento durante las últimas semanas, reconoce una de las mujeres, que sabe que ante la poca afluencia peatonal, es aún más vigilada pero igual de invisible para la sociedad.
Vivir o morir, o morir en el intento de sobrevivir… En la 14 Poniente, la zona roja de la prostitución en el Centro Histórico de Puebla, todos los días estas mujeres libran batallas, a veces con otras, a veces consigo mismas, a veces contra los buscadores de amor por 100 pesos… o contra una pandemia.
Todos lo ven y lo ignoran
La prostitución en el Centro Histórico ha sobrepasado su barrera y límite, aunque parecería que nunca los ha tenido. Los cobros de piso, extorsiones de policías, amenazas y amedrentamientos, así como inseguridad, violencia y falta de acceso a servicios de salud son una constante.
Todo conforma una maraña de situaciones que incluyen, además, la presencia de menores de edad trabajando en el lugar.
En medio de disputas por el poder en la zona, la prostitución se ha desbordado como nunca antes. Hasta 800 personas ofrecen sus servicios en los primeros cuadros de la ciudad, según estimaciones de la Unificación de Sexoservidoras de Puebla AC, la cual agrupa a entre veinte y cincuenta mujeres que demandan una “zona de tolerancia” que ha sido negada, una y otra vez, por la Secretaría de Gobernación municipal.
Los ángeles se convierten en demonios que acompañan –o persiguen– a toda aquella o aquel que vende su cuerpo, que todos los días entrega su alma al mejor postor, que se transforma en otra persona para trabajar, aunque a veces eso implique un pago de no más de cien o doscientos pesos.
¿Trabajo? Uno de los más difíciles, la prostitución es subsistencia y resistencia, basta con platicar con quien todos los días restriega su cuerpo con extraños. Dos o tres cuando "mal va"; una decena, "si el día es bueno", refieren –anónimamente– sexoservidoras que laboran en los primeros cuadros de la ciudad.
Las palabras calan.
Muy pocos, sino es que nadie se imagina lo que viven esas personas, a lo que realmente están expuestas. Prostitutas les llaman –en el mejor de los casos–. Uno de los grupos más discriminados aunque también de los más solicitados en las calles, a pesar del conservadurismo de la sociedad poblana.
Así es la vida en la zona roja del centro de la ciudad, tan histórica como sus lajas, igual de desgastadas que las vidas de quienes se dedican a la prostitución. Así pasan los días, uno más, uno menos, cada sexoservidora lo ve diferente.
Otra vez a la prostitución, otra vez a las calles.
Otra vez, a sobrevivir.