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Piedra angular

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Columnas jueves 22 de abril de 2021 - 06:26

El otro día me encontré a un conocido en una librería. Llamémosle Pedro, a mi conocido. Pedro es poeta de los que dicen serlo y desde que lo conocí en la clase de Teoría del Conocimiento en mi primer día en la universidad –de esto ya hace algunos años-- devorando una manzana roja mientras sostenía con su otra mano un libro de Paz, me ha parecido siempre el hombre más triste del mundo.

Y triste no en el mal sentido en el que uno está triste: triste en el sentido en que uno no es feliz pero aparenta estarlo. Para mí, Pedro no era quien quería ser y eso siempre me interesó de su figura. Lucía siempre muy listo para soltar cualquier opinión a propósito de temas de importancia (filosofía en el mayor de los casos), pero también era de los que en silencio te asesinaba.

Brillante, debo decir: Pedro siempre fue brillante, y no se molestaba en ocultarlo. Por lo que debo aceptar que yo siempre que opinaba en la clase sobre cualquier tema (yo siempre he sido una papa frita para la filosofía), lo hacía pensando en qué pensaría Pedro, en si se burlaría Pedro, en si lo aprobaría Pedro.

De ninguna manera Pedro significaba para mí un modelo a seguir, nisiquiera porque para esos días (teníamos la misma edad) ya había logrado hacer la mitad de lo que yo me había propuesto hacer en unos años. Escribir un libro, por ejemplo. Pero Pedro podría haberse entendido como un alter ego y, si debo ser muy sincero en estas páginas, yo a veces sentía muchos celos de lo que hacía y de cómo lo hacía. Insisto, sobre todo escribiendo.

No había logro, momento, o artículo que yo escribiera sin pensar: qué pensará Pedro, se burlará Pedro, lo aprobará Pedro. Terrible, pero cuando uno es adolescente y las defensas andan por los suelos, uno se aferra a sus propios miedos para salir a flote en medio del desastre.

Envidiaba su lucidez, envidiaba su sabiduría y sí, su seguridad en la página en blanco, en la vida en general.

Yo, que usualmente aparento saber lo que hago, me veía desconfigurado ante su sola presencia: Pedro acababa con toda mi seguridad literaria.

Pues hace poco me encontré a Pedro en una librería. Yo estaba, irónicamente, en el pasillo de Filosofía, buscando un libro de Cioran, cuando detrás de mí apareció diciendo: qué ondas, Pablo.

Al principio no lo reconocí, pero cuando entré en razón y comenzamos las preguntas de rigor, lo único que seguía repitiendo era: pues la pandemia nos ha jodido a todos, ¿no crees?

Pedro me sigue pareciendo la persona más triste del mundo, sólo que ahora, Pedro, ha perdido por alguna razón toda su seguridad, toda su presunción. Es triste y nada más.

Lo ha perdido todo. Al menos ante mis ojos.
***

PS

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/CR

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