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Pago por evento

Pago por evento

Columnas jueves 08 de abril de 2021 - 05:46

La pandemia terminará cuando la señora que vende cubrebocas KN-95 y caretas de mica desde la cajuela de una camioneta, estacionada en la esquina de mi casa, se vaya.

Y la verdad es que por lo que veo, la señora no tiene planes de irse al menos en el corto plazo: ahorita viene mi temporada fuerte, joven, me dice detrás de una careta ovalada de color galáctico traslúcido, y lo dice como quien conoce los tejes y manejes de un negocio ancestral.

Porque ella, lo que vende, no tiene nada que ver con la pandemia ni con ninguna enfermedad, sino con la mismísima condición humana.

De hecho, desde que en abril pasado llegó a instalarse a esa esquina en una Town & Country rotulada a mano con motivos covidianos y cartulinas fluorescentes con ofertas tentadoras, el negocio se ha diversificado. Primero fueron sólo los cubrebocas comunes, de los azulitos con resorte, luego los de grado médico, los alcoholes de varios aromas, cloro de colores, y caretas.

Hoy vende tantos modelos de caretas como frutas hay en el mercado.

Y ya no digamos del cubre bocas, que hay para todos los gustos, con estampados de su ídolo pop en turno, hasta con patrones de marcas italianas que a las señoras gustan bastante.

Y si bien es cierto que la señora ya no vende como antes (como por ejemplo, en septiembre del año pasado) ella sabe perfectamente que tiene negocio para rato.

Cuando le pregunto porqué no consiguió un local fijo como una pareja de jóvenes que abrió una “tienda Covid” tan sólo a una cuadra de esa esquina, me contesta que esto de las pandemias es como los conciertos: imagínese que sólo porque viene Luis Miguel a dar un concierto yo me voy a poner a alquilar un local en frente del Auditorio Nacional para vender tazas y playeras de Luis Miguel. Pues no, joven, me dice: la pandemia es un evento y cuando acabe hay que alistarnos para el siguiente, pues cada evento requiere mercancía diferente, como usted a lo mejor compraría una taza de Luis Miguel, pero preferiría una playera de Thalía.

Mi cabeza explotó, como una Coca-Cola que se abre después de agitarse.

La conversación que hasta hacía unos momentos estaba sosteniendo con la señora que, avistando las vicisitudes, hace un año emprendió, empezó a ser demasiado densa y corría yo el riesgo de ponerme a llorar ahí mismo.

Esa señora, detrás de su careta intergaláctica, entendió todo antes de que el virus fuera pandemia, lo entendió todo antes que todos, y lo sigue entendiendo mejor que todos en este lugar.
La señora no se anda con murciélagos, ni con datos duros: la señora sabe su negocio.

***

PS

Mi único propósito en la vida es que el tubo de pasta de dientes se mantenga igual, desde que lo abro, hasta que se termine.

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/CR

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