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Más sobre la marcha de las izquierdas

Más sobre la marcha de las izquierdas

Columnas martes 29 de noviembre de 2022 - 00:13

Un sexenio después, la figura de Cuauhtémoc Cárdenas ya no daba para una cuarta postulación a la derrota electoral por la Presidencia de México; el partido del Sol Azteca, forzado por la embestida de Vicente Fox en la trama del desafuero del 2005, decidió relevar sus liderazgos durante los comicios de 2006: del victimismo desencarnado —“los quiero desaforadamente”—, nació el mesianismo tropical de López Obrador en el único sitio donde podía representar una amenaza para el régimen: Ciudad de México.

No obstante, Andrés Manuel llegó con 18 años de retraso a las filas de la izquierda. A pesar de enfrentar dignamente “un complot” orquestado por el gobierno federal y de lidiar con una campaña negativa sin precedentes en la historia electoral de este país; conquistó el respaldo del 35.31 por ciento de los sufragios —14 millones 756 mil 350 en términos nominales— y, sin embargo, Palacio Nacional “se le escurrió de las manos” por la cifra récord de 0.58 por ciento.

Una vez más, en una suerte de “parangón elíptico” al contexto de 1988, las calles y las plazas estaban atestadas de protestas; incluso Paseo de la Reforma, el principal corredor comercial de este país, fue tomado por un alud de campamentos que cometieron la osadía de pedir un recuento “voto por voto, casilla por casilla”.

La maquinaria del fraude se impuso, AMLO actuó en consecuencia mandando “al diablo a sus instituciones” en un intento desesperado de refundación y redireccionamiento de la marcha de las izquierdas. “Haiga sido como haiga sido”, y al menos por un instante en la historia del PRD, “la presidencia legítima” de aquellos días por primera vez despojó a la izquierda de una tregua manifiesta con un árbitro tan comprometido como el Instituto Federal Electoral (IFE) y la partidocracia nacional (PRIAN).

En una guerra de símbolos, como si el tiempo se hubiera empecinado en marchar a contracorriente: el águila juarista resultó ser la bandera de una nación escindida entre la continuidad y la ruptura. No obstante, el status quo volvió a ganar la partida en 2012: Andrés Manuel, adecuándose a los valores profundamente conservadores del votante mexicano promedio, buscó una tregua tras la figura de “la república amorosa” con el sistema electoral y las instituciones políticas que en su conjunto había sepultado seis años atrás; su disciplina autoimpuesta lo llevaría directo y sin escalas a su segunda derrota electoral.

De acuerdo con los cómputos distritales López Obrador obtuvo el 31.59 por ciento de las preferencias electorales, 1 millón 140 mil 649 votos más que en 2006, pero perdió por 6.62 puntos frente a Enrique Peña Nieto. Después de un cuarto de siglo de luchas, contiendas y consignas; la marcha de las izquierdas ha regresado al punto de partida: otra vez las calles, plazas y avenidas fueron tomadas por la sociedad civil organizada, sólo que esta vez, bajo el estandarte de la subasta expresada en la compra descarada de cientos de miles de sufragios a través monederos de Monex y Soriana; “la democracia sólo sabe de procedimientos, nada puede hacer frente a la compra-venta de los sufragios”, expresaron entre líneas los magistrados del Tribunal Federal Electoral de la Federación (TRIFE), convirtiéndose en los operadores indirectos —y cómplices confesos— de una República que decidió subastar sus más altos cargos de elección popular.

Ahora dígame usted, después de este brevísimo recorrido histórico —de dos columnas que amenazan con una tercera— sobre “la marcha de las izquierdas”, ¿si no es perfectamente comprensible que AMLO, encumbrado en la pirámide del poder, asocie el proyecto político de su transformación con la refundación del sistema electoral mexicano?


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/CR

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