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La científica que el tiempo esperaba paciente

La científica que el tiempo esperaba paciente

Puebla martes 21 de septiembre de 2021 - 01:19

María Lilia Cedillo Ramírez será la primera rectora en 443 años de existencia de la máxima casa de estudios poblana.

Por Ignacio Juárez Galindo

Cuando el 16 de abril de 1531 se fundó la Ciudad de Puebla, sus primeras autoridades estaban lejos de imaginar que 47 años después estarían en condiciones para que se proyectara una institución que fuera el epicentro de la educación en esa nueva tierra novohispana.

Cuando el 14 de abril de 1578, el Cabildo de Puebla, encabezado por Melchor de Covarrubias, solicitó a la Provincia de la Compañía de Jesús en la Nueva España construir ese colegio estaban lejos de imaginar las penurias que habrían de pasar para adquirir el dinero y los predios.

Nueve años duró el periplo entre la petición del Cabildo y la fundación del Colegio del Espíritu Santo. En ese lapso, los jesuitas y el militar y empresario vendedor de grana sí sabían lo que debían hacer: recolectar fondos y utilizar su ingenio político para no naufragar en la compleja política de la Real Audiencia a fin de obtener los permisos para edificar el recinto.

Pero lo que estaban muy lejos de imaginarse todos los asistentes a la inauguración del colegio el 16 de abril de 1587, entre ellos el gran benefactor Melchor de Covarrubias y el primer rector, el sacerdote Diego López de Mesa fue el impacto que esa institución tendría en el futuro de Puebla.

Lejos estaban de imaginar que ese colegio sería fiel acompañante de la historia que estaba por construirse y, en muchas ocasiones, sería el centro de los cambios más notables de nuestra ciudad.

Lo que no imaginaban hace más de 443 años todos los involucrados en el deseo de la construcción de una institución educativa para esa tierra de la Nueva España, así como tampoco los que participaron en la unción del Real Colegio Carolino, del Real Colegio del Espíritu Santo y del Colegio Imperial; o los liberales, encabezados por Ignacio Manuel Altamirano, que lo llamaron Colegio del Estado; los que impulsaron la aparición de la Universidad de Puebla y los que en 1956 lograron el reconocimiento de la autonomía universitaria (casi tres décadas después que Argentina); los participantes de la convulsa y complicada etapa de la Reforma Universitaria que proclamaba la Universidad Crítica, Democrática y Popular; lo mismo que los integrantes de la Junta de Gobierno y aquellos que a finales de 1989 y principios de 1990 vieron surgir un nuevo modelo universitario que sigue vigente hasta hoy, era que casi cuatro siglos y medio después una mujer llegaría a la rectoría y que lo haría en medio de una votación histórica vía electrónica y en un momento tan complejo por un diminuto virus que comenzó con un murciélago en la pan za de un poblador de Wuhan, China, y cambiaría para siempre al planeta.

Lo que tampoco imaginaban era que la primera rectora de la BUAP, María Lilia Cedillo Ramírez, sería una especialista que toda su vida se dedicó a combatir ese tipo de bichos.

Si jugáramos con la historia, entonces, se tendría que decir que el mundo universitario (feminista, alicaído por una pandemia, urgido de certeza y una figura que los hiciera conectar con la esencia que se vive en las aulas) estaba preparado para recibirla.

DISCULPEN, SOY CIENTÍFICA

¿Qué significa que una mujer sea rectora por primera vez en la historia de la universidad de Puebla? Muchas cosas, miles de cosas.

Por ejemplo, que es heredera de un bagaje histórico, social y cultural en el que participan Carlos de Singüenza y Góngora, los humanistas de los siglos XVII y XVIII como Francisco Javier Alegre y Francisco Javier Clavijero; del obispo Fabián y Fuero que impide que el edificio sea utilizado como bodega militar; de la difícil época del santanismo que no impidió que se graduaran figuras como José María Lafragua, Fernando y Manuel Orozco y Berra o Manuel Carpio.

De los liberales como Ignacio Ramírez, El Nigromante, Guillermo Prieto e Ignacio Manuel Altamirano, intelectuales que por la mañana tomaban las armas, en la tarde redactaban proclamas o diseñaban periódicos para la causa juarista y en las noches escribían sus grandes novelas, quienes llegaron a Puebla a darle un nuevo sentido a la institución.

También es heredera de los estudiantes Alfonso G. Alarcón, Luis Sánchez Pontón y Gil Jiménez que vivan los aires revolucionarios, ligados a los Hermanos Serdán, y no tuvieron miedo de recibir a Francisco I. Madero en pleno porfiriato. (No sobra decir que la consecuencia fue el cierre temporal del colegio).

La lista sería imposible de terminar, pues están los integrantes de la Federación Estudiantil Poblana de 1956-1957 que lograron la autonomía. Como también están Horacio Labastida, Julio Glockner, Joel Arriaga, Sergio Flores Suárez, Luis Rivera Terrazas o Alfonso Vélez Pliego.

Sí, ser la primera rectora implica muchas cosas. Pero hay un dato que parece olvidarse.

Era abril de 2009 y los mexicanos no sabíamos que eran días premonitorios de lo que una década después el mundo viviría.

Felipe Calderón, por recomendación de sus colaboradores, decidió aislar a los mexicanos una semana. Un virus había mutado, venía de los países de oriente y se introdujo como una pandemia. Usamos cubrebocas, nos lavamos las manos y nos dieron casi las mismas instrucciones que hoy debemos seguir al pie de la letra, pero que se nos olvidaron con el paso de los años.

Hace 10 años se llamaba Influenza AH1N1. Hoy es la Covid-19.

En aquel tiempo muy pocos en el mundo sabían con precisión de qué iba aquello de los virus microscópicos. Pero en Puebla, una investigadora llevaba años, sino es que décadas, analizando el comportamiento de la microbiología, los microplasmas o biología molecular.

Un estudio suyo, escrito en colaboración con los integrantes del Centro de Microbiología, en ese tiempo todavía perteneciente al Instituto de Ciencias, provocó una revolución.

Lilia Cedillo, en ese entonces de 34 años de edad y a punto de convertirse en madre por primera vez, lo describe a la perfección: “Isolation of Mycoplasma pneumoniae from asthmatic patients (Enero 1993) fue un artículo que marcó la diferencia no solamente para nosotros como grupo de investigación de microplasmas, sino también para la investigación sobre el papel que podía jugar esta bacteria de la familia Mycoplasmataceae en pacientes asmáticos”. Los primeros pasos hacia el mundo de los virus que sumirían en la histeria al mundo estaban dados.

Seis años después, en 1999 fue elegida como unas de las 15 Mujeres Destacadas de la Ciencia, premio otorgado por la Third World Organization for Women of Science, por esa y otras aportaciones.

Los años pasaron, la investigación siguió y diversificaron los campos. Pero tras la contingencia de 2009 el campo de la doctora Cedillo se volvió un tema de importancia capital –sino es que de seguridad nacional-, por lo que Ygnacio Llaguno decidió crear el Centro de Detección Biomolecular de la BUAP que quedaría en manos de la hoy rectora.

Pocos lo saben, pero en ese centro se desarrolló una vacuna para el AH1N1 que fue puesta al servicio de quien quisiera. (La ciencia al alcance de todos).

La historia siguió. El centro se convirtió en un espacio de gran prestigio nacional e internacional. Sus pares de otros países cruzaban constantemente sus hallazgos a sabiendas que aquí había un lugar inevitable de consulta.

Lilia Cedillo se volvió a embarazar, dio a clases, dirigió tesis, siguió sus estudios de posgrado, se convirtió en miembro del Sistema Nacional de Investigadores y, lo más importante, comenzó a ser divulgadora de la ciencia.

Su último libro Disculpa, soy malo parece la premonición de lo que pasaría con la pandemia por Covid.

En ese lapso, hubo dos acciones poco conocidas de Lilia Cedillo ligadas a su amor por el arte y la cultura: aparte de ser científica fue vicerrectora de Extensión y Difusión de la Cultura y directora del Complejo Cultural Universitario.

Su mano está ahí, a la vista de todos.

Así pues, con toda la herencia que Lilia Cedillo recibe parecería que el tiempo la estaba esperando.

Su llegada ya no es parte de la histórica lucha de izquierda comunista ni de la confabulación de grupos políticos al interior de la universidad.

Lilia Cedillo tiene otros palmarés, muy acordes a la nueva realidad que vivimos.

Hasta antes de renunciar a su cargo para buscar la rectoría seguía dando clases, seguía dirigiendo tesis, haciendo investigación y analizando el comportamiento de la Covid.

Fue una de las primeras que advirtió del peligro real al que nos enfrentábamos y se convirtió, en los hechos, en la encargada de velar por la salud de la comunidad universitaria.

Montó protocolos, vivió en el Hospital Universitario analizando el comportamiento de los pacientes, investigando quién era este nuevo enemigo; dictando recomendaciones y cruzando información con organismos especializados en todo el mundo.

Parece que el tiempo la estaba esperando.

No tenemos a una jesuita, a una liberal, a una positivista, a una comunista, a una funcionaria de la burocracia dorada.

No, la BUAP y Puebla tienen a una científica al frente de su mejor universidad a 434 años de haber sido fundada.

Y Lilia Cedillo lo describe muy bien: “Sí, la ciencia es muy metiche”.


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HG/CR

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