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Hora Cero

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Columnas miércoles 14 de abril de 2021 - 00:15

“Si el presidente no fija su sucesor pierde no sólo esa prerrogativa, sino también la misma posibilidad de gobernar
durante su propio periodo”
Tzvi Medin

¿Cuál será el juicio de las investigaciones de las próximas décadas sobre las consecuencias políticas desatadas por el fallo del Consejo General del INE en las aspiraciones de una figura tan extrema como la de Félix Salgado Macedonio? Independientemente del término jurídico elegido por lo que queda de un árbitro despedazado, reconsideración o cancelación, que irremediablemente nos arrojarán un senador con licencia reivindicado o haciendo campaña en pleno desacato; tratemos de anticipar la lectura histórica sobre el conflicto que transcurre entre una coalición radical de Regeneración Nacional, plenamente avalada por el CEN a cargo de Mario Delgado, y una mayoría de consejeros electorales que responden a los intereses creados de un pasado que hoy ha perdido por completo su vigencia.

¿Por qué preguntarle al futuro sobre un proceso abierto? Precisamente porque está inacabado: estamos sumergido en la coyuntura; hemos caído en las redes de la polarización meticulosamente planificada por “el Jefe Máximo” como la estrategia de su permanencia; todos tenemos otros datos y ninguno al mismo tiempo; en definitiva, cegados por el libido o por el desprecio frente el régimen -que no tiene nada de nuevo, pero- que se está gestando, somos incapaces de hacer el recuento de los daños, ni siquiera porque nosotros mismos en más de un sentido somos parte de ese inventario.

¿Qué se dirá en el futuro sobre las perturbaciones de nuestro presente? Algo no muy diferente a aquello que siempre se ha dicho sobre los procesos electorales durante el siglo XX: con IFE o sin él, con o sin INE las elecciones, salvo contadas excepciones, han sido la justa medida de la capacidad de movilización del aparato clientelar del Estado destinado a legitimar popularmente una decisión autoritaria previamente. El sofocante y oneroso arquetipo electoral fue diseñado -entre 1990 y 1996- precisamente para evitar la injerencia del Ejecutivo a través de cuerpos técnicos al servicio de consejeros electos –y adictos- a mayorías partidistas de diversa coyuntura y compostura. Si hoy el árbitro resultó pateado fue porque las coaliciones vinculantes del pasado reciente ya no tienen la fuerza para protegerlo y, sin embargo, ese comprometido diseño sigue siendo nuestra única garantía para que el Ejecutivo no intervenga en la selección de los grandes electores de los estados que eventualmente le permitirán elegir, sin contrapesos, al sucesor de su preferencia.

¿Sabía usted que el texto con el que decidí iniciar esta columna pertenece a una investigación sobre “la historia política del maximato” publicada en 1982 por Tzvi Medin? Ahora dígame, si en esta burda retrogresión al pasado, no asistimos a la hora cero de un “Jefe Máximo” renovado.

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/CR

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