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El “Papi Lindo” en la Trama Detectada por el Presidente López Obrador

El “Papi Lindo” en la Trama Detectada por el Presidente López Obrador

Columnas martes 27 de octubre de 2020 - 16:56

Otra vez apareció en la Mañanera una alusión brutal a un oaxaqueño que hizo historia entre los juniors poblanos.

Me refiero, por supuesto, al “papi lindo” —así le decían de cariño—: Sergio Castro.

Este martes, el presidente López Obrador reveló que su gobierno detectó un facturero que es propietario de una empresa de outsourcing que tiene registrados 200 mil empleados.

Así lo dijo textualmente:

“Había un facturero, que está siendo investigado, que al mismo tiempo tenía una empresa de subcontratación, un outsourcing, ¿saben cuántos empleados tenía formalmente? 200 mil empleados”.

Y agregó:

“Para quitarle a las empresas la responsabilidad de pagarle lo justo a los trabajadores, para que no le cubrieran a los trabajadores sus prestaciones, para quitarlos de la nómina en noviembre, diciembre y volverlos a subir a la nómina en enero y en febrero. Pues eso se va a terminar”.
En ese sentido, el presidente anunció que enviará al Congreso una reforma para eliminar el outsourcing.

Cómo olvidar a Sergio Castro, el “papi lindo”.

Vea el hipócrita lector:

Puebla, hacia 2010.

Eran los años del marinismo.

En una larga mesa del restaurante Kampai —entre calamares rellenos de cangrejo, sushi, Sakana Furai y Gohan—, el rey del outsourcing departía con una docena de adolescentes.

Metido en su poder, escuchaba las gracejadas de los jóvenes pudientes con una sonrisa que lo decía todo.

Él, sin duda, pese a su pequeño tamaño, era el rey de la mesa.

(Un rey moreno, que, sin ese poder, habría pasado desapercibido).

Y ellos, los felices juniors, lo sabían.

Y así se lo hacían sentir.

Nacido en Oaxaca, en el seno de una familia humilde, el rey del outsourcing se convirtió en un hombre millonario gracias a una tenacidad envidiable.

Tenía todo lo que cualquiera hubiera soñado: nombre, poder y dinero.

Además, era amigo de políticos.

Los presidentes de la República lo habían invitado a su mesa en varias ocasiones.

Y qué decir de los gobernadores.

Todos querían estar con él.

Empezando por esos jóvenes de apellidos ilustres de la Puebla levítica.

Uno a uno los iba llamando.

Uno a uno corría para acomodarse a su lado izquierdo.

Los whiskies caros circulaban en esa escena de poder absoluto.

El vino blanco.

Alguna botella de champaña.

Las jóvenes debutantes miraban de soslayo, y con una envidia no disimulada, al receptor de tantos homenajes.

Él, modesto, triunfador, saboreaba su triunfo hablando bajo, lejos de la ostentación.

Eso sí: dueño de las miradas, de los suspiros y de los futuros de esos poblanos de cepa.

Las novias de los juniors no capturaban tantos suspiros como el oriundo de Oaxaca.

Pese a sus espléndidos rostros y cuerpos, las novias sufrían cancelaciones cuando el rey del outsourcing les tronaba los dedos a sus jóvenes amados.

Uno de ellos, incluso, recibió un departamento amueblado en la mejor zona de Puebla, y una lujosa camioneta.

(La Puebla fashion a todo lo que daba).

Hoy las cosas han cambiado.

Tras el anuncio oficial de que la Fiscalía General de la República (FGR) y la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) van tras los negocios ilícitos de 150 factureros que emiten, valga la redundancia, facturas falsas, el nombre de Sergio Castro apareció en la prensa nacional como uno de los objetivos principales de la trama.

Van tras él con todo.

Igual que como irán por quienes hicieron formidables fortunas lucrando con esas facturas hechizas.

¿Quiénes eran los clientes principales de los factureros en Puebla?

Todos: gobiernos, empresas, prestadores de servicios, organismos públicos con personalidad jurídica y patrimonio propios…

Todos compraban facturas como en un mercado de pulgas o como en el Gran Bazar de Estambul.

Se arremolinaban en torno de los factureros, les pedían por docena, les enviaban a sus contadores.

Fueron los héroes de la película hasta que llegó —en el caso poblano— el gobernador Miguel Barbosa Huerta.

Los días dorados se acabaron.

El caso de Sergio Castro es un ejemplo.

¿A qué sitio de la memoria se fue a vivir —por ejemplo— esa comilona en el Kampai?

¿A dónde se fueron los whiskies y el Sakana Furai?

Ufff.

Qué historias, qué tramas, qué narrativas por venir.

Y todo esto, siempre, inevitablemente, nos lleva a esa gran frase del clásico:

Sigue la ruta del dinero, baby.

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/CR

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