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¿Alguien vio Pasar el Fraude Electoral?

¿Alguien vio Pasar el Fraude Electoral?

Columnas jueves 10 de junio de 2021 - 17:24

Hasta hace poco, en Puebla se maquilaban elecciones.

Lo normal, tanto en el priismo como en el panismo, era que el gobernador en turno nombrara —entre los secretarios de despacho— padrinos de diputados y presidentes municipales.

Eso significaba en la épica electoral que cada uno de esos funcionarios era responsable tanto de los triunfos como de las derrotas.

En consecuencia: con todo el poder del gobierno se canalizaban toda clase de recursos —humanos, económicos, materiales— para sacar adelante a los candidatos.

A las evaluaciones —realizadas normalmente en Casa Puebla—acudían los aspirantes, los secretarios y el propio gobernador.

No faltaban los regaños en esas orgías electorales.

Y éstos iban acompañados de gritos, manotazos y hasta celulares voladores.

Rafael Moreno Valle, por ejemplo, sacaba toda clase de encuestas para exhibir a estos personajes.

Y a veces modificaba las tendencias para que creyeran que iban perdiendo y se esforzaran aún más.

Al final de la contienda, los ganadores recibían toda clase de reconocimientos, en tanto que los derrotados eran fulminantemente despedidos.

Tanto en el priismo como en el panismo, esta práctica tan heterodoxa incluía fraudes electorales, manipulación de resultados, compra de funcionarios electorales y demás lindezas.

Es claro que en las elecciones poblanas que acabamos de ver esas operaciones estuvieron ausentes.

En esta ocasión no hubo padrinos ni operativos.

Menos aún: fraudes electorales.

Todos los candidatos perdedores, en una buena mayoría, han salido a reconocer los resultados.

Y más: no hay una sola calle tomada por hechos irregulares.

Hasta hace poco, abundaron las manifestaciones masivas en contra del fraude electoral.

Hoy —cosas de la vida—, nada de eso ha ocurrido.

Ha transitado tan rápidamente la trama postelectoral que no parece que hace cuatro días hubo elecciones.

El gobernador Miguel Barbosa Huerta inició de inmediato una nueva trama: la de la reconciliación.

Los más diversos actores —de todos los partidos— se han empezado a acercar a él para limar asperezas y avanzar en una nueva ruta que tiene que ver con el futuro inmediato.

El domingo, por ejemplo, el gobernador estuvo en Tehuacán para emitir su voto.

Y ahí pasó buena parte de ese día.

No hubo como en el pasado reciente la parafernalia que se vivía en Casa Puebla, por donde desfilaban encuestadores, candidatos, funcionarios y militares.

Lo más común en esas estampas del pasado eran las aglomeraciones de autos y de reporteros a las afueras de la ex residencia oficial.

Los fotógrafos peleaban por atrapar imágenes.

Los reporteros se montaban en las Suburban prietas para sacar alguna declaración.

Hacia el final del día, llegaban ahí los principales —felices— candidatos.

El fin:

Recibir los abrazos del gobernador y brindar por la jornada.

Esos aparatosos operativos de gobierno estuvieron ausentes este domingo en la Puebla levítica.

Y a pesar de eso, el gobernador resultó ser el triunfador de las elecciones.

¿Cómo le hizo?, se pregunta todo mundo.

La respuesta es sencilla:

Cumplió con lo que a lo largo de estas semanas dijo siempre:

“No me meteré en los comicios”.

Y pese a todo ganó.

Y ampliamente.

Y, pese a los desaguisados producidos por quienes al principio operaron un bloque anti barbosista, le entregó excelentes cuentas al presidente López Obrador.

Hoy por hoy, en Puebla, Morena sigue siendo el partido mayoritario.

Y más: con sus números puede ganar la próxima elección a la gubernatura.



Qué Poca Democracia. Pese a que Ariadna Ayala aplastó al panista Guillermo Velázquez por más de diez mil votos de diferencia, éste no sólo se resiste a aceptar su derrota: ya interpuso toda clase de recursos para judicializar la elección.

En su delirio jura que la morenista compró algo así como cincuenta millones de votos el pasado domingo en Atlixco.

Ya lo habíamos dicho:

Las derrotas duelen, pero duele más no saber que se ha perdido.

Cuando lo entienda el frustrado presidente reeleccionista será demasiado tarde.

Quedará —ya quedó— como un político muy alejado de esa palabra tan necesaria en nuestros días: civilidad.

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/CR

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